miércoles, 30 de julio de 2014

POCAHONTAS & PETER PAN

Pocahontas, en contra de la opinión mayoritaria, fue una mujer real, nacida en 1595 y muerta en 1617, a los 22 años de edad.
Su nombre verdadero, "Matoaka", puede traducirse como "La silenciosa".
Por su parte Peter Pan, un personaje ficticio, fue en su origen imaginado por el escritor James Matthew Barrie en 1904.
Casi 300 años los separan en en tiempo, y también la realidad y la irrealidad de sus concepciones.
Peter Pan tiene una ventaja y una limitación, según se mire: puede volar pero no puede crecer.
Pocahontas tiene una ventaja conceptual y una desventaja confusa. Expresa sus sentimientos con un léxico impetuoso difícil de contener e interpretar. La juventud de un corazón y de una filosofía que irrumpen con su Verdad y su Duda inscritas en cada faceta de su cristal.
Peter Pan, el que sobrevuela la realidad con su puro sueño y su búsqueda de un amor verdadero, sorprende con sus ráfagas poéticas como un relámpago ingenuo que ilumina y ciega a partes iguales.
Si por un azar o capricho, en algún plano virtual se uniesen Pocahontas y Peter Pan, el resultado sería imprevisible, como de hecho lo es. Ella se manifiesta en densas reflexiones que exigen atención. Y él, sin precaución y sin miedo, acaricia a la gata que saca las uñas.
Él y yo sabemos que una gata, esencialmente, no saca las uñas para atacar sino para defenderse. Aún a riesgo de ser heridos diremos nuestra verdad.
Mis manos y mis brazos y mis muslos y hasta mi cara muestran en la intimidad, lejos de la denuncia de este sol y este verano, las cicatrices de arañazos antiguos.
Gatas y gatos me hicieron esto.
Y sin embargo, adoro a las gatas y a los gatos, y a las personas que sacan las uñas y a las que dicen lo que piensan y a las que piensan que pensar no es en vano.
Admiro a quienes escriben sin preocuparse de las faltas de ortografía, a quienes juegan con los juegos de palabras, a quienes se sinceran sin que les importe otra cosa que su verdad o su confusión.
En la terraza de un bar, mientras cuatro adolescentes de pechos exagerados sueñan con toreros y corridas, sintiéndome complice de una historia de amor, apenas comprendida en su desarrollo pero comprendida en lo esencial, sueño con escribir acerca de Pocahontas y de Peter Pan.
Uno que vuela sobre el mundo y otra que trae al mundo preguntas esenciales aún no resueltas.
¿Qué cosa tan extraña es el amor que atraviesa el tiempo y reluce en cristales rotos e imperfectos y en cristales puros como el diamante?
Les pido disculpas a una y al otro por esta intromisión. Soy como el viejo león que se asfixia con una tortuga en la boca. Y sabré agradecer que el cazador no me dispare apovechando la ocasión, y me salve la vida.
Si mi larga vida y mi complicada experiencia justifican algún magisterio, diría que las caricias importan más que las palabras, que las miradas -cuando son profundas y sinceras- dicen más que las palabras y las caricias, que el destino no lo trazan lápices ajenos, que Pocahontas cuando escribe lo hace con la tinta de su corazón, que Peter Pan vuela con las alas del amor, y que yo, que ya no vuelo si mis plumas no están manchadas de vino y mi pico no se embriaga con verdes hierbas, sigo afirmando que en el interior de cada botella se esconde un secreto que sólo el borracho reconoce.
Un diamante que refulge, como los ojos de Lolita, que se fijan en mis ojos esta noche de vino blanco y metáforas sin final.
Imagino a mis dos gatas blancas levantando el vuelo, dotadas de alas alrededor de mi cabeza, y a mi gata de rostro partido escribiendo por mí, suplicando en silencio que saque la tortuga de su boca.
Y Nube que sonríe desde el más allá, estando aquí.
Y el ángel de la historia, el Angelus Novus de Paul Klee, el ángel de Walter Benjamin que se ríe de todo al tiempo que muestra su desesperación.
Los cristales redondos y profundos de mis gatas que fijan sus miradas en mí en la oscuridad.
Las trenzas cortadas de Pocahontas en las corrientes del río y en los accidentes del bosque.
Peter Pan enamorado de Pocahontas.
En el vuelo nos encontramos.
Y descender hasta el mundo real, cuando el mundo real no coincide con nuestros sentimientos.

 

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