sábado, 2 de noviembre de 2019
OYE CÓMO VA?
OYE CÓMO VA?
Despegará un avión entre vientos hijosdeputa enfurecidos,
se elevará con suerte en noviembre sobre el mar,
sobre el vencimiento de uno mismo, en un amanecer metálico y gris,
sabor salado, sin cielo azul y sin palabras. Despegará la ilusión de volar,
la ilusión de no caer, la esperanza de una canción en blanco y negro.
Llegados a este punto, cruzarán el laberinto de la ciudad
sus líneas de colores en un diseño abstracto, dispuestas y entrelazadas
para confundir. Llegados a este punto, avión llamado memoria,
de un lado a otro lado, flecha inconsistente y no definida,
flecha que no avanza, que no encuentra.
Ciudad eterna, viajero mortal. Sin lluvia, sin humo, sin palabras.
¿Qué decir, y cuándo y dónde y para quién? Aplazado el compromiso,
se juntarán veinte lobos mudos en el templo de Júpiter
para adorar a otros dioses: en el claro de este bosque y en esta noche
concreta se doblegará toda pretensión ante el gato negro y su luz.
Salvador Alís.
Despegará un avión entre vientos hijosdeputa enfurecidos,
se elevará con suerte en noviembre sobre el mar,
sobre el vencimiento de uno mismo, en un amanecer metálico y gris,
sabor salado, sin cielo azul y sin palabras. Despegará la ilusión de volar,
la ilusión de no caer, la esperanza de una canción en blanco y negro.
Llegados a este punto, cruzarán el laberinto de la ciudad
sus líneas de colores en un diseño abstracto, dispuestas y entrelazadas
para confundir. Llegados a este punto, avión llamado memoria,
de un lado a otro lado, flecha inconsistente y no definida,
flecha que no avanza, que no encuentra.
Ciudad eterna, viajero mortal. Sin lluvia, sin humo, sin palabras.
¿Qué decir, y cuándo y dónde y para quién? Aplazado el compromiso,
se juntarán veinte lobos mudos en el templo de Júpiter
para adorar a otros dioses: en el claro de este bosque y en esta noche
concreta se doblegará toda pretensión ante el gato negro y su luz.
Salvador Alís.
jueves, 3 de octubre de 2019
AÚN ESTOY AQUÍ
AÚN ESTOY AQUÍ
Aún estoy aquí. Y lo digo no porque sienta que pocos me habrán echado de menos
sino porque yo mismo me faltaba. Aquí estoy, aquí sigo,
con mi cinismo inmaculado, con mis demoras e indecisiones,
pensando que no debería pensar y tratando de comprar un bonito reloj
de pulsera.
Pero lo cierto es que aún no estoy preparado para hablarles de los Laco
y los Stowa, de los Zeno, de los Mühle Glashütte,
los Vostok, los Sinn, los Zeppelin, los Dreifuss, los Nomos,
de algunos chinos y algunos italianos. Si el momento llega,
llegará.
Pues esta vida nuestra es tiempo perdido y carrera imposible de ganar.
En tres días se cumplirán cuatro meses sin cigarrillos.
Cuatro meses acostándome al amanecer con una copa de vino blanco
alargada por hielos artificiales y otros mecanismos de luz y de aire.
Una obsesión sustituye a otra para que nada en el fondo
cambie ni pueda cambiar.
Relojes: sus cajas, biseles, esferas, cristales, tapas, agujas, coronas, joyas,
correas... A ninguna cita, por el momento, llego con la puntualidad debida.
Mi muñeca desnuda, mis manos vacías, mis dedos abiertos.
Cartas sin responder, llamadas sin contestar, plazos sin cumplir.
No me da miedo el futuro, no me inquieta, no me intimida
y nada me exige que no sea indiferencia.
A fin de cuentas se concluye que el secreto, la razón que explica la gran derrota
es un segundero más o menos afilado, girando sujeto al mismo centro
que el puñal horario y la katana de los minutos.
¡Qué importa un segundo! ¡Qué importa la eternidad!
Todo se puede dejar para después, para más tarde... Hasta la muerte.
Mi viejo Tissot sigue funcionando, aun descentrado,
en su merecido reposo del cajón de la mesilla de noche.
El excesivo Kyboe Giant 55 resultó ser un fiasco en toda regla.
Salvo un Casio humilde y plateado, no recuerdo otro reloj que me perteneciera.
Regalé un Thermidor con cristal curvado y una pequeña luna pintada.
Compré un Rolex falso y malvendí un Longines verdadero.
Aún estoy aquí. No sé por qué ni para qué ni hasta cuando.
Si antes buscaba libros, ahora busco relojes.
Una vez por semana, descubro los Invicta, los Nixon, los Kronos,
los Junghans, los Archimede, los Alpina.
Y lamento no haber comprado, cuando tuve la oportunidad,
ese precioso Steinhart de cuerda manual.
Los libros y los relojes se parecen. Los segundos marcan el paso del tiempo
y los primeros sugieren la inmortalidad.
A la precisión de un gran calibre relojero se opone
el universo caótico de la escritura. De esa colisión de intenciones
surge la mentira de las noticias manipuladas.
Hoy a mediodía leo en mi móvil (que no es un best seller ni un swatch irony)
que Andrómeda devorará a "nuestra" Vía Láctea dentro de 4000 millones
de años. ¿A quién carajo le puede importar esta noticia?
(pero no el hecho de recibirla -como es mi caso- sino de emitirla).
La belleza de un reloj, la apreciación de su belleza, del paso del tiempo,
del empecinarse en llegar a una meta que no existe.
Mejor una melodía (nunca una alarma), juegos de baile de salón.
Aún estoy aquí.
Después de una larga investigación, les puedo anticipar sin ironía
que pronto compraré un Laco Augsburg 42,
un simple reloj esencial cuyo automatismo deberá durar
lo que yo dure.
Esas fiables flechas en miniatura me dirán cuándo dormir y cuándo despertar
en Petra y el desierto, en Estambul y el Bósforo, en aquella Roma
en blanco y negro, en estas vacaciones respecto a mí mismo
y mis deseos.
Díganle en mi nombre a Zenón de Elea, si coincidieran con él,
que efectivamente no existe ni puede existir el espacio ni el tiempo,
que dos mil quinientos años antes de esa indagación
sólo pudo constatarse la supremacía del pensamiento burlesco.
A todos los imbéciles que me reclaman una belleza sujeta a formas
que no existen, recordarles que no creo en vuestro Dios ni en vuestra Patria,
que no creo en vuestro Rey ni en vuestra Ley.
Con el índice y el pulgar de la derecha le doy cuerda al reloj
que no se detiene.
Oh aquellas tardes y noches de los veranos de la infancia! La Rubia seguida
por una horda de infantes. El sillín de la Orbea de cuero modelado.
Atrás los defectos del corazón, las carreteras locales,
las Torres Marías, los ríos secos, las nubes y las lluvias.
En septiembre llegaba el Santo al Teatro Penella. Dura competencia
contra Tintín alunizando en la Luna.
Salvador Alís.
Aún estoy aquí. Y lo digo no porque sienta que pocos me habrán echado de menos
sino porque yo mismo me faltaba. Aquí estoy, aquí sigo,
con mi cinismo inmaculado, con mis demoras e indecisiones,
pensando que no debería pensar y tratando de comprar un bonito reloj
de pulsera.
Pero lo cierto es que aún no estoy preparado para hablarles de los Laco
y los Stowa, de los Zeno, de los Mühle Glashütte,
los Vostok, los Sinn, los Zeppelin, los Dreifuss, los Nomos,
de algunos chinos y algunos italianos. Si el momento llega,
llegará.
Pues esta vida nuestra es tiempo perdido y carrera imposible de ganar.
En tres días se cumplirán cuatro meses sin cigarrillos.
Cuatro meses acostándome al amanecer con una copa de vino blanco
alargada por hielos artificiales y otros mecanismos de luz y de aire.
Una obsesión sustituye a otra para que nada en el fondo
cambie ni pueda cambiar.
Relojes: sus cajas, biseles, esferas, cristales, tapas, agujas, coronas, joyas,
correas... A ninguna cita, por el momento, llego con la puntualidad debida.
Mi muñeca desnuda, mis manos vacías, mis dedos abiertos.
Cartas sin responder, llamadas sin contestar, plazos sin cumplir.
No me da miedo el futuro, no me inquieta, no me intimida
y nada me exige que no sea indiferencia.
A fin de cuentas se concluye que el secreto, la razón que explica la gran derrota
es un segundero más o menos afilado, girando sujeto al mismo centro
que el puñal horario y la katana de los minutos.
¡Qué importa un segundo! ¡Qué importa la eternidad!
Todo se puede dejar para después, para más tarde... Hasta la muerte.
Mi viejo Tissot sigue funcionando, aun descentrado,
en su merecido reposo del cajón de la mesilla de noche.
El excesivo Kyboe Giant 55 resultó ser un fiasco en toda regla.
Salvo un Casio humilde y plateado, no recuerdo otro reloj que me perteneciera.
Regalé un Thermidor con cristal curvado y una pequeña luna pintada.
Compré un Rolex falso y malvendí un Longines verdadero.
Aún estoy aquí. No sé por qué ni para qué ni hasta cuando.
Si antes buscaba libros, ahora busco relojes.
Una vez por semana, descubro los Invicta, los Nixon, los Kronos,
los Junghans, los Archimede, los Alpina.
Y lamento no haber comprado, cuando tuve la oportunidad,
ese precioso Steinhart de cuerda manual.
Los libros y los relojes se parecen. Los segundos marcan el paso del tiempo
y los primeros sugieren la inmortalidad.
A la precisión de un gran calibre relojero se opone
el universo caótico de la escritura. De esa colisión de intenciones
surge la mentira de las noticias manipuladas.
Hoy a mediodía leo en mi móvil (que no es un best seller ni un swatch irony)
que Andrómeda devorará a "nuestra" Vía Láctea dentro de 4000 millones
de años. ¿A quién carajo le puede importar esta noticia?
(pero no el hecho de recibirla -como es mi caso- sino de emitirla).
La belleza de un reloj, la apreciación de su belleza, del paso del tiempo,
del empecinarse en llegar a una meta que no existe.
Mejor una melodía (nunca una alarma), juegos de baile de salón.
Aún estoy aquí.
Después de una larga investigación, les puedo anticipar sin ironía
que pronto compraré un Laco Augsburg 42,
un simple reloj esencial cuyo automatismo deberá durar
lo que yo dure.
Esas fiables flechas en miniatura me dirán cuándo dormir y cuándo despertar
en Petra y el desierto, en Estambul y el Bósforo, en aquella Roma
en blanco y negro, en estas vacaciones respecto a mí mismo
y mis deseos.
Díganle en mi nombre a Zenón de Elea, si coincidieran con él,
que efectivamente no existe ni puede existir el espacio ni el tiempo,
que dos mil quinientos años antes de esa indagación
sólo pudo constatarse la supremacía del pensamiento burlesco.
A todos los imbéciles que me reclaman una belleza sujeta a formas
que no existen, recordarles que no creo en vuestro Dios ni en vuestra Patria,
que no creo en vuestro Rey ni en vuestra Ley.
Con el índice y el pulgar de la derecha le doy cuerda al reloj
que no se detiene.
Oh aquellas tardes y noches de los veranos de la infancia! La Rubia seguida
por una horda de infantes. El sillín de la Orbea de cuero modelado.
Atrás los defectos del corazón, las carreteras locales,
las Torres Marías, los ríos secos, las nubes y las lluvias.
En septiembre llegaba el Santo al Teatro Penella. Dura competencia
contra Tintín alunizando en la Luna.
Salvador Alís.
miércoles, 10 de julio de 2019
VIESIMA IMENITAIA PERSONA
VIESIMA IMENITAIA PERSONA
En el aeropuerto de Son Sant Joan hay tres salas VIP y una sola zona para fumadores.
El que sueña con introducir forzosamente a quien lo merezca en esas salas
fracasará sin duda. Por un idiota que pregunta, se confundirán mil libertades.
Nací con seis dedos en cada pie. Pero a los quince me pagué de mi bolsillo un hacha.
Sin nada que perder me adentro hoy en el complejo bosque donde todo lo perdí.
El claro de ese bosque es el lugar elegido.
Qué maravilloso circo y qué compendio de canciones,
personajes y temas al azar: la gran nariz del debutante, la contención en la bofetada
del más cruel, el sibilino, las banderas multicolores.
No cambio nada ni a nadie por mis gatas pues solo mis gatas son sinceras,
solo ellas ante el final me dicen "detente, sigue un poco más, nos gusta tu piel
y tus caricias". Y me dicen que cada noche tiene un mañana.
Cuando Nube me lame el antebrazo con su lengua de lija rosada,
cuando Lolita viene y se va, cuando Sombra parece que ha entendido lo esencial,
que en realidad no hay un mañana (y tampoco una noche) donde esconderse.
Las amo a ellas porque el amor importa, porque desde su sinceridad
se desliza el amor -así lo imagino- como un río que supera cualquier obstáculo.
La sala VIP en Pasaje de Marte se reduce a un balcón y su paisaje.
El tronco de Brasil y sus hojas anavajadas salen perdiendo.
Voces que no cortan el aire, que no expresan ni significan. Esta ola de calor
provoca cortocircuitos mentales. El odio y la ira son flores de verano.
Pero me cruzo, en mi ir y venir de este lado al otro lado, con Nube.
Ella me entiende, ella sabe lo que pienso, lo que siento.
Las tres aspas del ventilador no se detienen. Todo sigue girando.
Los VIP que descienden la escalera no saben que un tiro en la nuca,
que una aguja atravesando una inusual esfera de plomo,
que un gesto apenas esbozado o una simple decisión modificarán sus vidas.
Algunas veces, cuando escribo, me visitan fantasmas del pasado
que tratan sin éxito de rejuvenecer mi discurso. Si de mí dependiera...,
copas a cambio de poemas.
Sin duda hablo por hablar. No me importa lo que cueste esta copa, esta botella,
este trago. Pero vivo en un cuarto piso sin ascensor
y cada día bajo y subo y vuelvo a bajar sin descanso a los infiernos.
El viaje comenzó más pronto que tarde, para superar la soledad y la muerte.
Mil kilómetros sin contar hasta el Norte, donde él cayó vencido
y fue derrotado por el fuego y por su mano.
Un sueño atemporal huye de las llamas y de las frases hechas que aparecen
por todas partes. El ayudante del asesor dice que ha encontrado un final
para este sueño que deberá ser ofrecido, indirectamente, a quien ya no duerme.
Salvador Alís.
En el aeropuerto de Son Sant Joan hay tres salas VIP y una sola zona para fumadores.
El que sueña con introducir forzosamente a quien lo merezca en esas salas
fracasará sin duda. Por un idiota que pregunta, se confundirán mil libertades.
Nací con seis dedos en cada pie. Pero a los quince me pagué de mi bolsillo un hacha.
Sin nada que perder me adentro hoy en el complejo bosque donde todo lo perdí.
El claro de ese bosque es el lugar elegido.
Qué maravilloso circo y qué compendio de canciones,
personajes y temas al azar: la gran nariz del debutante, la contención en la bofetada
del más cruel, el sibilino, las banderas multicolores.
No cambio nada ni a nadie por mis gatas pues solo mis gatas son sinceras,
solo ellas ante el final me dicen "detente, sigue un poco más, nos gusta tu piel
y tus caricias". Y me dicen que cada noche tiene un mañana.
Cuando Nube me lame el antebrazo con su lengua de lija rosada,
cuando Lolita viene y se va, cuando Sombra parece que ha entendido lo esencial,
que en realidad no hay un mañana (y tampoco una noche) donde esconderse.
Las amo a ellas porque el amor importa, porque desde su sinceridad
se desliza el amor -así lo imagino- como un río que supera cualquier obstáculo.
La sala VIP en Pasaje de Marte se reduce a un balcón y su paisaje.
El tronco de Brasil y sus hojas anavajadas salen perdiendo.
Voces que no cortan el aire, que no expresan ni significan. Esta ola de calor
provoca cortocircuitos mentales. El odio y la ira son flores de verano.
Pero me cruzo, en mi ir y venir de este lado al otro lado, con Nube.
Ella me entiende, ella sabe lo que pienso, lo que siento.
Las tres aspas del ventilador no se detienen. Todo sigue girando.
Los VIP que descienden la escalera no saben que un tiro en la nuca,
que una aguja atravesando una inusual esfera de plomo,
que un gesto apenas esbozado o una simple decisión modificarán sus vidas.
Algunas veces, cuando escribo, me visitan fantasmas del pasado
que tratan sin éxito de rejuvenecer mi discurso. Si de mí dependiera...,
copas a cambio de poemas.
Sin duda hablo por hablar. No me importa lo que cueste esta copa, esta botella,
este trago. Pero vivo en un cuarto piso sin ascensor
y cada día bajo y subo y vuelvo a bajar sin descanso a los infiernos.
El viaje comenzó más pronto que tarde, para superar la soledad y la muerte.
Mil kilómetros sin contar hasta el Norte, donde él cayó vencido
y fue derrotado por el fuego y por su mano.
Un sueño atemporal huye de las llamas y de las frases hechas que aparecen
por todas partes. El ayudante del asesor dice que ha encontrado un final
para este sueño que deberá ser ofrecido, indirectamente, a quien ya no duerme.
Salvador Alís.
jueves, 4 de julio de 2019
STROMBOLI
STROMBOLI
En el mar Tirreno, rozando su cumbre el kilómetro de altura
sin alcanzarlo, Stromboli juega con el fuego y con el humo,
y así escupe un día tras otro su espectáculo.
"Si uno pierde las noches, pierde media vida..." le responde
Kirk Douglas a Carol Lynley en El último atardecer,
después de su renuncia a estrangular a un perro lobo.
Y yo -que después de 29 días sin fumar, ya no soy yo-
me sirvo la penúltima copa de este Muscat de Rivesaltes
firmado en 2015 por Arnaud de Villeneuve.
En algún lugar del Mundo mañana comienza una cacería
sin principio ni final. El Gran Payaso cree haber inventado
las estúpidas bromas que lo definen.
Me preguntan -no a mí sino al otro, al fumador-
si estoy estresado. Diría que no, pero por soberbia no lo digo,
pues ya no respondo a cuestiones mal formuladas.
La Vida, esa maravillosa excepción y singularidad,
no se da como se anuncia en cruceros soñados,
pues todo agrio o amargo despertar conduce a la Vida.
Apenas dejé el tabaco, me atreví a buscar las rejas
de mi primera casa en la isla. Me faltaron las campanillas
y los gatos. Por lo demás, poco había cambiado.
Europa es un volcán apagado, un timo en toda regla
para turistas de norte a sur y suicidas mediocres
que no cautivan por sus actos.
Cuando Stromboli lanza su fuego, lo recibe un cielo azul
firmado por Yves Klein. Su Saut dans le vide
se anticipó en un año a El último atardecer.
En esta isla llamada "de la calma" nadie echa de menos
los prostíbulos ni los portaaviones,
ni a la hija del traficante y su corta falda azul ceñida.
Ella facilitaba en dosis medidas imágenes felices,
y sus labios decían sí cuando la respuesta era afirmativa.
¿Pero quién era yo entonces navegando en aquel submarino?
Quien se atreva a empuñar esta espada de cristal
debe saber que sólo mata el miedo inducido por el miedo
y nunca la fragilidad de su materia.
Para contemplar la esplendida Luna que a nadie pertenece,
se sientan frente al mar, el horizonte, el cielo y la noche,
sobre una roca de 500 kilos que, cuando gira, es la muerte.
Varias decenas de turistas, como es lógico, se lanzaron al mar
con el primer estruendo del volcán. Como si el mar pudiera
salvarlos, como si el mar...
Cuando una roca gira o cae, cuando se da la vuelta o estalla,
cuando se calienta hasta el rojo o se fragmenta sin piedad,
cuando refleja desde su altitud esta imagen como espejo.
Cuando a las preguntas de Carol Lynley
no se sabe qué responder, cuando ante el amor,
ante la muerte, no se sabe qué decir...
Si cada día respiro mejor no se debe a la calidad del aire.
Ya no circula el humo por mis pulmones
y no creo ni en la mitad de la mitad de lo que circula.
Un camino de lava me dirá después si puedo visitar Stromboli,
si el viaje se merece a sí mismo, si la vida espera
que la vida haga acto de presencia.
El infierno anticipado desde algunas mitologías
no se inclina doblegado ante Stromboli. Los vencejos se caen
o se tiran de sus nidos...
¿Cuántos más, de qué especies y en qué circunstancias,
han de morir para que un solo pensamiento soporte
como girasol al propio sol?
El hecho del fin del mundo no es una posibilidad futura,
no lo es pese a quien pese. Por eso alejo mis manos del fuego
y me niego a participar en esta absurda confabulación.
Salvador Alís.
En el mar Tirreno, rozando su cumbre el kilómetro de altura
sin alcanzarlo, Stromboli juega con el fuego y con el humo,
y así escupe un día tras otro su espectáculo.
"Si uno pierde las noches, pierde media vida..." le responde
Kirk Douglas a Carol Lynley en El último atardecer,
después de su renuncia a estrangular a un perro lobo.
Y yo -que después de 29 días sin fumar, ya no soy yo-
me sirvo la penúltima copa de este Muscat de Rivesaltes
firmado en 2015 por Arnaud de Villeneuve.
En algún lugar del Mundo mañana comienza una cacería
sin principio ni final. El Gran Payaso cree haber inventado
las estúpidas bromas que lo definen.
Me preguntan -no a mí sino al otro, al fumador-
si estoy estresado. Diría que no, pero por soberbia no lo digo,
pues ya no respondo a cuestiones mal formuladas.
La Vida, esa maravillosa excepción y singularidad,
no se da como se anuncia en cruceros soñados,
pues todo agrio o amargo despertar conduce a la Vida.
Apenas dejé el tabaco, me atreví a buscar las rejas
de mi primera casa en la isla. Me faltaron las campanillas
y los gatos. Por lo demás, poco había cambiado.
Europa es un volcán apagado, un timo en toda regla
para turistas de norte a sur y suicidas mediocres
que no cautivan por sus actos.
Cuando Stromboli lanza su fuego, lo recibe un cielo azul
firmado por Yves Klein. Su Saut dans le vide
se anticipó en un año a El último atardecer.
En esta isla llamada "de la calma" nadie echa de menos
los prostíbulos ni los portaaviones,
ni a la hija del traficante y su corta falda azul ceñida.
Ella facilitaba en dosis medidas imágenes felices,
y sus labios decían sí cuando la respuesta era afirmativa.
¿Pero quién era yo entonces navegando en aquel submarino?
Quien se atreva a empuñar esta espada de cristal
debe saber que sólo mata el miedo inducido por el miedo
y nunca la fragilidad de su materia.
Para contemplar la esplendida Luna que a nadie pertenece,
se sientan frente al mar, el horizonte, el cielo y la noche,
sobre una roca de 500 kilos que, cuando gira, es la muerte.
Varias decenas de turistas, como es lógico, se lanzaron al mar
con el primer estruendo del volcán. Como si el mar pudiera
salvarlos, como si el mar...
Cuando una roca gira o cae, cuando se da la vuelta o estalla,
cuando se calienta hasta el rojo o se fragmenta sin piedad,
cuando refleja desde su altitud esta imagen como espejo.
Cuando a las preguntas de Carol Lynley
no se sabe qué responder, cuando ante el amor,
ante la muerte, no se sabe qué decir...
Si cada día respiro mejor no se debe a la calidad del aire.
Ya no circula el humo por mis pulmones
y no creo ni en la mitad de la mitad de lo que circula.
Un camino de lava me dirá después si puedo visitar Stromboli,
si el viaje se merece a sí mismo, si la vida espera
que la vida haga acto de presencia.
El infierno anticipado desde algunas mitologías
no se inclina doblegado ante Stromboli. Los vencejos se caen
o se tiran de sus nidos...
¿Cuántos más, de qué especies y en qué circunstancias,
han de morir para que un solo pensamiento soporte
como girasol al propio sol?
El hecho del fin del mundo no es una posibilidad futura,
no lo es pese a quien pese. Por eso alejo mis manos del fuego
y me niego a participar en esta absurda confabulación.
Salvador Alís.
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