sábado, 30 de junio de 2018

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

A pesar de su nombre altisonante, un ángel exterminador no es
más que un mercenario, el sicario de una divinidad
cuya existencia no está probada, ese ángel que tú no eres
sueña sin embargo con ser tú, con adueñarse de tu voluntad
y dirigir tus instintos, he aquí un dilema pues
una categoría de lo inexistente
pretende, por suplantación, ser lo que tú eres
y después trascenderte, ir más allá e impartir justicia.

Los seres naturales obran según su naturaleza,
exceptuando a los hombres que por soberbia se piensan dioses.
¿Quién puede negarle a un zorro que sea justa su caza?
¿Quién, convencer al conejo que acepte ser cazado?

En general, los humanos adolecen de incomprensión lectora,
se leen a sí mismos y no se entienden, no diferencian
una "y" de una "o". La mayoría ignora que la libertad de elección
requiere conocimiento, que no existe un único dios,
el adorado, sino múltiples y diversos dioses cuya esencia
es imaginaria y sus poderes, quimeras.

Salvador Alís.






viernes, 29 de junio de 2018

VANGELIS / BLADE RUNNER BLUES

TERRAZAS

TERRAZAS

En el oscuro paisaje urbano, nos fascinan las terrazas a lo lejos,
iluminadas pero difusas, en alturas que sobrepasan los diez pisos,
pobladas por fantasmas, de las que emerge otra música,
nada claras en su realidad pero claramente abiertas a la imaginación.

En muchas de ellas se celebran bailes a medianoche,
fiestas secretas ahogadas por humos de diferentes colores,
se exhiben máscaras y se adelantan suicidas que, sin dudarlo,
entre aplausos se lanzan al vacío.

En algunas terrazas arden fuegos espectaculares, en las más amplias,
las que rodean completamente sus edificios, y en otras más humildes
son humildes los fuegos, sin dejar por ello de arder,
y así se mezclan y confunden las luces que de ellas emanan.

Quien disponga de potentes prismáticos o de un pensamiento especulativo,
verá que hombres sin palabra preparan sus paracaídas
para saltar y salvarse, ignorantes de que cualquier pájaro errático
puede atravesar su tela y cambiar su destino.

Mujeres que fueron deseo puro, y que hubieran saltado, ya no saltan,
se limitan a contemplar, asombradas, la distancia al suelo,
la luna tan extraña y las diminutas terrazas a lo lejos
desde las que son contempladas, espejo por alma y alma por espejo.

Sobre las balaustradas, en remates de hierro oxidado o de cerámica,
ajenos a la vida vulgar, sus desafíos y desgracias, dormitan gatos
cuyo ejemplo pocos entienden, soñando con las estrellas
y tan felices en su aparente pasividad, tan distintos de las gárgolas.

Un yo que no eres tú sube en un hermético ascensor hasta ese cielo
de terrazas sin fin, la constante hoguera te ha llamado y las copas
siempre llenas, pero escondes tus alas y pruebas aquí y allá
los venenos inútiles que nada pueden contra tu veneno.

Terrazas al mar las hay en esta isla hasta el deslumbramiento,
sol que nace y se pone, indiferente como gato adormilado
que, no obstante, como gato espabilado, marca a su presa, la acecha
y la hunde, y luego da de lleno con su luz a los responsables.

Otro yo que no eres tú dice que nunca ha vivido por encima
de cinco alturas, que el vértigo, que el miedo, que la duda lo definían,
y sin embargo ahora contempla esos castillos en el aire y aspira
a descubrir lo que esconden, fuego, música, o simple indeterminación.

Pero infinitas soluciones no definen este oscuro paisaje,
siendo múltiples los ojos que ven y una sola mente la que inquiere,
ni tú ni yo hemos sido invitados a la fiesta, tú a cara descubierta
y yo, con mis máscaras, disfrazado como ángel exterminador.


Salvador Alís.



















martes, 26 de junio de 2018

HÉCTOR LAVOE / TODO TIENE SU FINAL

ODISEAS DE NUESTRO TIEMPO (SEGUNDA PARTE)

ODISEAS DE NUESTRO TIEMPO (SEGUNDA PARTE)

En cuanto a la literatura y la escritura en general, mi posición es clara: abomino a los que no dicen (o escriben) lo que realmente piensan, su "verdad", a los que se venden por cobardía o interés, a los que tratan de contentar a su público con los relatos con que éste se alimenta, pienso vitaminado y artificial para lectores rumiantes que no practican, dada su naturaleza, ni la crítica ni la más leve oposición, ni mucho menos la rebeldía. Señalo y aborrezco a esos habladores y escribientes que, ante todo, buscan su efímera fama y sus ganancias sembrando en los rebaños distorsiones históricas, estúpidas tramas y artificiosas telas de araña donde cae cualquier mosquito despistado y rompe y atraviesa limpiamente la más humilde (pero decidida) de las avispas.

Hace ya algunos años, al comenzar la última crisis económica (supuesta, programada, aleatoria y sin lugar a dudas falsa crisis), un emprendedor sin visión de futuro e inseparable de su mala suerte, imaginó un nuevo concepto de bar: un bar-biblioteca donde los clientes pudieran no sólo leer sino llevarse libros, intercambiar libros, regalar libros. Llenó el espacio disponible, unos cincuenta metros cuadrados, con libros usados, o de segunda mano, o mejor leídos. Dos estanterías repletas a ambos lados de la puerta, libros en los extremos de la barra y pilas de diferente altura en cada una de las mesas. Carteles estratégicamente colocados decían que cualquier cliente podía llevarse hasta tres libros, aunque se agradecería que más tarde hiciera una donación equivalente.

Recuerdo bien la primera noche que entré a ese bar. A cambio de una copa barata de vino conseguí de manera gratuita la edición de 1994, de Lumen / Tusquets, del Ulises de James Joyce. 799 páginas frente a las 728 del Ulises de Rueda. Lo novedoso de este ejemplar es que incluía esquemas donde se pone en relación los mitos originales con el experimento del autor. Más grande, más grueso y más pesado, prefiero el volumen dedicado al más reciente; prefiero las páginas que amarillean frente a las blanquecinas.

Uno de los errores del visionario emprendedor fue su absoluto desconocimiento de los vinos, pues servía un fresco verdejo plano y un rioja tinto (de supermercado) a temperatura ambiente. Eso hizo que, después de tres o cuatro visitas, no me compensara pagar el sobreprecio de esos vinos a cambio de la posibilidad (remota) de conseguir otro Ulises.

Poco después el bar cerró. Si no me equivoco, ese local está hoy en manos de un nuevo emprendedor visionario que lo ha reabierto como sex shop.

Poseo una tercera edición del Ulises, más rara que las anteriores, donde en la página 899 dice Leopold Bloom: "Personas allegadas insisten y me recomiendan que deje de fumar. Aún respiro y respiro más que bien. Ignoran que el problema no es el tabaco sino el alcohol." Y en la página 900 remata Stephen Dedalus (imaginado por Joyce, imaginado por mí): "Tu hígado no aguantará mucho más. Roto en mil pedazos, en mil noches, te da las gracias por el ron pero te pide una tregua."

Ulises u Odiseo será retardado por el destino en la vuelta a su isla, Ítaca, pero una vez lo consigue empuña su arco como únicamente él sabe hacerlo y acaba con los pretendientes de su esposa, Penélope. La aventura de Leopold Bloom dura apenas un día. Y la escritura de Joyce se expande hasta el infinito.

¿Quién fue el escritor que, a la pregunta de cómo escribir, contestó: "¿Conoce usted una palabra? Si con ella inicia su escrito lo demás vendrá por añadidura. Ponga a continuación otra palabra y otra más y tendrá una frase. Añada otras frases y tendrá un párrafo. Algunos párrafos dan forma a un capítulo. Varios capítulos componen un libro."

A Homero no sólo se le atribuye la autoría de la Odisea, sino también de la Ilíada. Antes de concluir este texto acaricio el lomo negro y dorado de la edición de Plaza & Janés, 1961, impreso por los talleres gráficos Saturno, de 765 páginas, y que termina contando que: "Así hicieron las honras de Héctor, domador de caballos."

Los martes por la tarde la china cierra su bar. Hoy salí del aeropuerto a las cinco y no a las diez; pero me presenté a las dos llegando en taxi. Con la cena (salmón crudo y frío bañado en salsa de soja y acompañado con arroz de Calasparra, algas y jengibre) apuré una botella de blanco, 2014, de Albillo Centenario, Ermita del Conde.

A Héctor lo mató Aquiles. Pero antes de morir, cuando la lanza atravesada en su cuello aún no le había arrebatado la vida, tuvo Héctor tiempo de renegar de su pasado

Poco antes de las doce de la mañana, a punto de despertar, he soñado que mis sueños se cumplían:  "Un castillo acogedor, una boca sin palabras y un mar dulce, azul brillante, sin aspavientos."


Salvador Alís.










lunes, 25 de junio de 2018

ODISEAS DE NUESTRO TIEMPO (PRIMERA PARTE)

ODISEAS DE NUESTRO TIEMPO (PRIMERA PARTE)

Si uno busca hoy a Homero y su título Odisea en Iberlibro, encontrará 1.370 entradas; y si filtra los resultados por el ejemplar más caro, aparecerá entonces en primer lugar una edición de 2008 de Edimat Libros, a la venta en Portland, Estados Unidos, de Irish Booksellers, al precio de 3.533,10 y 41,16 euros por gastos de envío. 

Pero si uno busca, igualmente en Iberlibro, a James Joyce y el título Ulysses, encontrará 4.579 entradas; y si filtra los resultados por el ejemplar más caro, aparecerá entonces la primera edición de Shakespeare and Company, París,1922, a la venta en Palm Beach, Estados Unidos, de Raptis Rare Books, al precio de 132.491,09 y 47,17 euros por gastos de envío. 

Esas cantidades no redondas, es más: desquiciadas por los céntimos, es algo que ni Homero ni Joyce suscribirían. No obedecen a ninguna lógica natural. Y qué decir de los abusivos gastos añadidos en concepto de transporte sobre el alto valor de las piezas. 

Pero los libros son una cosa y la vida real es otra. Si en los tiempos antiguos navegaron y perecieron muchos en "nuestro" mar Mediterráneo, lo hicieron por su riesgo y su valor, por su aventurado deseo, por el mito y su destino. Héroes de las aguas y los vientos; en ningún caso víctimas de la desesperanza. 

Durante trece años, doscientos cuarenta y dos días al año, he tomado en viajes de ida y vuelta el autobús de la Línea 1 desde el centro de Palma al aeropuerto, e invariablemente he visto durante parte del trayecto el mar al frente y a la derecha. Me he bañado en ese mar cientos de veces, hace años, pero ahora ya no. Si antes mi único temor (paranoico) eran los tiburones, ahora me repele la idea de sumergirme en un cementerio (acuático). Las estadísticas no son fiables y lo más seguro es que no alcancen, ni siquiera se acerquen, a la verdadera magnitud de la tragedia. 

En los años ochenta nos visitaron portaaviones armados hasta los dientes (de acero) y ahora lo hacen lujosos cruceros que rivalizan con ciudades. Miles de marines-guerreros invadían el Barrio Chino. Pero tres décadas después, miles de turistas tontos, no viajeros, pagando por una copa lo que cuesta una botella, por dos billetes de autobús lo que cuesta un taxi, perdidos en sus acaloradas fantasías, buscando relojes de marca falsificados y devorando langostas descongeladas, son los invasores. 

Si en estas calurosas noches de junio un héroe cualquiera volviese a casa, tendría que sortear los desafíos que la vida real le presentara, llámese como se llame, Ulises u Odiseo, victorioso de sus mares o sus calles. 

Mi más preciado ejemplar del Ulises, entre los varios que poseo, fue editado por Santiago Rueda, en Buenos Aires,1972, y contiene la dedicatoria de "Marisol A." (agosto 1973). En ese momento yo tenía 17 años y, como es lógico, al deslumbramiento inicial siguió el empecinamiento por imitar la escritura del irlandés. Por suerte aquello duró poco. Y pronto aprendí a respetar y valorar más que a Joyce a su secretario. 

En mi regreso nocturno y diario, veo el mar oscuro a mi izquierda, y en este barco con ruedas que podría ser llamado autobús, veo en esta noche concreta a un forzudo en busca de su circo, a una monja en busca de su dios, a una azafata asfixiada por su uniforme, a un imbécil y su maleta cerrando la puerta de salida, a una cabeza que no se corresponde con el cuerpo que corona, a mis "hermanas" limpiadoras molestas bajo su uniforme blanco: y en muchas paradas, putas que acechan a quienes bajan, y en los pasos de cebra, asesinos en potencia pisando el acelerador.

De acuerdo a las estadísticas oficiales -sin pretender ser preciso-, es muy posible que yo coincida en mis viajes con algún que otro violador, suicida o asesino. Forma parte del paquete comprometido. 

Imagino a Odiseo intentando regresar a su Ítaca. Y recuerdo los versos de Cavafis: "Ítaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte." Y recuerdo la última línea quebrada del Ulises: "... y sí yo dije quiero sí." 

Como intérprete aficionado de aquel Ulises prosaico, de aquel Odiseo enfrentado a su arco final, diré que el viaje no es fácil, que desde el autobús a la casa le acechan a uno Circes y cerdos, Sirenas y tempestades, Cíclopes y sus cuevas. 

La china sordomuda, apenas me ve, me sirve una copa de vino blanco. En un portal de La Caixa, en la Plaza de las Columnasduermen los "sin techo" y algunas momias. La mezquita en el garaje, antes de doblar la esquina, permanece abierta a medianoche. La puerta chirría y se resiste a ser abierta. 

Y a pesar de todo, a pesar de este viaje, ¡qué hermoso es el cielo de este amanecer y con qué alegría me saludan los pájaros con su primer canto! 

Salvador Alís.


















  

   

sábado, 23 de junio de 2018

EL RETRASADO (UN CUENTO RÁPIDO)

EL RETRASADO (UN CUENTO RÁPIDO)

Como todas las mamás, la suya lo esperaba con emoción justo cuando estaban por cumplirse los nueve meses de embarazo; pero no pudo o no quiso nacer entonces y se demoró tres semanas más de la cuenta, hasta que los doctores decidieron extraerlo forzosamente mediante cesárea.

Indiferente a la dedicación y los esfuerzos de su familia y los maestros, no se digno a ponerse en pie y caminar hasta los tres años, y no pronunció palabra hasta los siete.

En la escuela era habitual que estuviese en la cola, compartiendo aulas y cursos con alumnos más jóvenes que él, brillante a su manera, pero desajustado en los tiempos.

Tampoco tuvo ningún éxito cuando empezó a interesarse por el amor, pues jamás consiguió ser puntual. Y ya se sabe que en estos asuntos, lo peor que puede hacer un adolescente es llegar tarde a sus citas.

Decían de él que nunca abandonaba su ciudad, su barrió; y que a duras penas conseguía salir algunas tardes o noches de su casa y dar un largo paseo rodeando una manzana y volver al amanecer. Imposible tomar un autobús, un tren, un barco y mucho menos un avión. Sabiendo que a todo llegaba tarde, para qué tomarse la molestia.

Cuando finalmente, después de abundantes dudas y reflexiones, decidía comprarse esa camisa, ese pantalón, esos zapatos que todos lucían con entusiasmo, la moda había cambiado.

Siempre era el último en acostarse y el último en levantarse (para desesperación de quienes preparaban la comida y ponían la mesa).

Conocía a la perfección los finales de muchas películas, pero ignoraba sus argumentos. Y con los libros le pasaba lo contrario: era incapaz de acabar ninguno por lentitud de lectura y aburrimiento.

Hablar con él por teléfono era imposible. Cuando contestaba llamadas, los llamadores ya estaban en otra cosa. Si escribía una carta, o bien no la enviaba o lo hacía con tanta demora que el destinatario ya había cambiado de dirección.

Jamás en su vida emitió un voto útil o inútil. Al hacer acto de presencia, los colegios electorales estaban invariablemente cerrados.

Y sin embargo gozó de buena salud durante años, puesto que cualquier enfermedad que pudiera afectarle se retrasaba y se retrasaba.

Una carrera universitaria dejada a un lado, por imposible, a los 27. La formación en filas militares a los 28. El primer viaje al exterior a los 29. Y a los 30, por primera vez, logró subirse a un avión que por su culpa perdió el slot.

Se demoró cuatro meses respecto al nacimiento de su hija. Y no pudo casarse hasta catorce años después, cuando al fin los desencuentros se encontraron.

Fue ley fundamental en su vida dejar para mañana cualquier empresa que pudiera ser acometida hoy.

Fiel a sus principios, cuando todos esperaban que se muriese de puro viejo, o porque ya era su hora, no quiso morirse y siguió viviendo -según cuentan- haciendo esperar (y desesperar) a la mismísima muerte.

Salvador Alís.