CONTRANOTAS / 1
Desde hace unos días, cada noche me visita (y juega conmigo) un mosquito. Digo uno porque sólo veo uno aunque podrían ser varios. Ignoro qué hace el resto del tiempo, donde se encuentra, esconde, reposa, pero en las horas en que me siento ante el ordenador e intento escribir aparece y no me deja en paz. Vuela entre la pantalla iluminada y mi cara y, sobre todo, tiene preferencia por mis piernas. De hecho, anteayer descubrí que tengo los tobillos llenos de puntos rojos (que no pican) rodeados de aureolas blanquecinas. Digo yo que será el mosquito, pero D. piensa que puede ser una araña. A veces, harto de él, abro las manos y las coloco a ambos lados de la pantalla y lo espero; entonces desaparece, no viene. Cuando me canso de acecharlo y vuelvo a trabajar con el teclado, ahí está otra vez, como si se burlara de mí. He llegado a pensar que quizá en el fondo no sea más que un mosquito inofensivo y juguetón, y que los puntos rojos hayan aparecido en mi piel a causa de mi sangre alterada. He probado a pulverizar un repelente en el aire del lugar donde me siento a escribir; no ha servido de nada. He probado a cubrir mis pies, tobillos y pantorrillas con un gel de aloe vera; no ha servido de nada. Así pues -y ojalá sea tenido en cuenta-, si escribo lo que escribo lo hago con cierta dificultad, falta de concentración y enfado. Pero la culpa no es ni puede ser del mosquito (que simplemente vive su vida de mosquito) sino mía: soy yo quien debe encontrar un medio de defensa, un método distinto para evitar estas interrupciones y distracciones..., otra forma de escritura.
Cuando leo a Kertész es como si Kertész me hablara; ocurre así con algunos escritores (no muchos, por suerte, pues de lo contrario la suma y la mezcla de voces se me haría insoportable). A Kertész lo leo en voz alta (aunque no muy alta, sin estridencias); me gusta escuchar las palabras que estoy leyendo, la melodía que a veces esconden a los ojos del lector que guarda silencio. Cuando leo a Kertész es como si Kertész me hablara, más aún: como si yo me hablara a mí mismo. Con esto no quiero elevarme ni compararme en elevación con Kertész, pero sí destacar hechos tales como el descubrimiento, la afinidad o la identificación. Le adjudico el mérito a Kertész, desde luego, sin descartar por completo que mis oídos se hayan preparado lentamente y adquirido la capacidad de entender -además de escuchar- a Kertész. Que un lector entienda a un escritor es en principio bueno para ambos; sin embargo no estaría de más señalar alguna diferencia. En la literatura de entretenimiento (también llamada de éxito o comercial), el entendido se lucra (pues sus libros se venden a miles o a millones) y el entendedor ve reducido su entendimiento al instante concreto de evasión y a un efímero argumento que, con ligeras variantes, fórmula que funciona, se repite hasta la saciedad insaciable que es la base de toda adicción, como sucede con los juegos de azar o los deportes-espectáculo, que nada cuestionan y son geométricamente siempre iguales a sí mismos. En la otra literatura, el entendido (en las raras ocasiones que lo es) no gana nada, se entrega, se vacía, y el afortunado entendedor tampoco gana, pues si algo aprende es luz que malgasta los ojos.
Si un mosquito tuviera el tamaño de un águila, veríamos realmente cuál es su monstruosidad. Por el momento mi mosquito es pequeño e inofensivo porque se guarece de la lupa.
Cuando pienso en mis obras, en mis escritos, en los cuadernos impresos, en lo que guarda la máquina, en mis notas manuscritas extraviadas por quién sabe qué lugares de la casa... Quizá ya di lo mejor de mí mismo, quizá nada pueda superar a La rosa de mil pétalos; o quizá sí, quizá todavía pueda escribir la proyectada Última carta. El problema es que las mejores frases me vienen a la cabeza, siempre, cuando apago la luz y me dispongo a dormir. Si entonces, a cada momento, encendiera la luz para tomar nota de cada ocurrencia no dormiría, moriría de sueño.
La escritura como un molesto mosquito que se interpone entre el escritor y la oscuridad.
Se dice de algunos místicos que (a costa de su misticismo) tenían visiones. Las visiones (y no creo que menores en su calidad visual) también están presentes en ciertas formas de "locura", en el alcoholismo, en las experiencias con drogas que distorsionan la realidad (¿qué realidad?). Cuando el llamado mundo real puede ser visto, mediante el recurso de sofisticadas cámaras o lentes, aumentado o acelerado, cambiante en sus formas y colores, ¿se trata de otro modo de ver, de otro mundo o simplemente de alucinaciones?
Dice Kertész: "En estas semanas no ceso de tomar apuntes sobre las circunstancias en las que vivo, apuntes que no guardan ninguna relación con las circunstancias en las que vivo."
(Yo, otro. Acantilado. 2010. Pág.: 139.)
Salvador Alís.
sábado, 2 de julio de 2016
miércoles, 29 de junio de 2016
MOSQUITOS
MOSQUITOS
Mientras estaba desnudo en la cama, dormido o creyendo dormir,
soñando o creyendo soñar,
alguien entró de puntillas en mi cuarto
y dejó a mis pies un completo traje por estrenar
donde no faltaba detalle,
pues incluía calcetines y zapatos, ropa interior,
cinturón, corbata y hasta sombrero.
Cuando al fin desperté o creí despertar,
luego de frotarme los ojos, elevar la persiana y cumplir
con las rutinarias tareas propias del despertar,
me vestí para confrontarme con el espejo.
Lo que el espejo nunca puede ocultar
aparece siempre como verdad reflejada ante los ojos:
el traje no era de tela, aunque lo pareciera,
sino de un falso tejido elaborado con sombras.
A las doce del mediodía, así vestido, salí de mi casa
y me enfrenté a la vida, al ardiente sol de finales de junio,
a las calles saturadas y a tantas otras demandas
imposibles de satisfacer.
¿Cómo explicar una totalidad que se anula a sí misma
y se convierte en nada? ¿Cómo justificar que por defecto de uso
sé hacer el nudo de la horca pero no el de la corbata?
Hace años hubo un río lejos de esta isla, un río delgado
como fina serpiente. Y ese río daba todas las explicaciones.
Pero tiende el agua, contra su voluntad, a estancarse.
Y del agua estancada, como es sabido, se nutren los mosquitos,
sombras de los clásicos bombarderos y premonición
de las nuevas amenazas que sobrevuelan nuestros sueños.
Salvador Alís.
Mientras estaba desnudo en la cama, dormido o creyendo dormir,
soñando o creyendo soñar,
alguien entró de puntillas en mi cuarto
y dejó a mis pies un completo traje por estrenar
donde no faltaba detalle,
pues incluía calcetines y zapatos, ropa interior,
cinturón, corbata y hasta sombrero.
Cuando al fin desperté o creí despertar,
luego de frotarme los ojos, elevar la persiana y cumplir
con las rutinarias tareas propias del despertar,
me vestí para confrontarme con el espejo.
Lo que el espejo nunca puede ocultar
aparece siempre como verdad reflejada ante los ojos:
el traje no era de tela, aunque lo pareciera,
sino de un falso tejido elaborado con sombras.
A las doce del mediodía, así vestido, salí de mi casa
y me enfrenté a la vida, al ardiente sol de finales de junio,
a las calles saturadas y a tantas otras demandas
imposibles de satisfacer.
¿Cómo explicar una totalidad que se anula a sí misma
y se convierte en nada? ¿Cómo justificar que por defecto de uso
sé hacer el nudo de la horca pero no el de la corbata?
Hace años hubo un río lejos de esta isla, un río delgado
como fina serpiente. Y ese río daba todas las explicaciones.
Pero tiende el agua, contra su voluntad, a estancarse.
Y del agua estancada, como es sabido, se nutren los mosquitos,
sombras de los clásicos bombarderos y premonición
de las nuevas amenazas que sobrevuelan nuestros sueños.
Salvador Alís.
martes, 28 de junio de 2016
BOMBONES DE CHOCOLATE
BOMBONES DE CHOCOLATE
Cada noche, después de una jornada de duro trabajo -como suele decirse-, desde que bajo del autobús hasta que llego a casa, atravieso una calle principal, una plaza y varias calles secundarias.
En esa calle principal, en la acera izquierda, aguardan para cazar a sus clientes media docena de cambiantes prostitutas negras. Por lo que sé: nigerianas. Por lo que veo: con cara de niñas o niñas realmente. Separadas entre sí por los cruces de las calles secundarias, invariablemente todas, cada medianoche, tienen algo que decirme, propuestas básicas que lanzan al aire cuando paso a su lado: "¿Follar...? ¿Chupar...?" La novedad, en esta ocasión, la desconcertante pregunta de una adolescente con el cuerpo de una diosa oscura y primordial: "¿Tú gusta bombón de chocolate?".
De repente un tonto se hace famoso, conocido mundialmente (no entraremos en los detalles de sus méritos, oportunidades y aportaciones); esto lo facilitan hoy las nuevas (¿o ya son viejas?) tecnologías, la inmediatez y amplitud de las comunicaciones. Enseguida surge otro tonto que lo imita. Y luego, mil tontos más que imitan al imitador.
Quien no haya leído Masa y Poder quizá no entienda la profundidad que se esconde tras la aparente sencillez del enunciado; quien lo haya leído, quizá tampoco.
Apátrida no oficial sino más bien por vocación, hoy más que nunca reniego de mi nacionalidad (impuesta por el azar y las normativas).
En este país hay más de un listo famoso, y miles de listos imitadores y millones de tontos imitadores de los imitadores. Lo he citado más de una vez y ahora lo repito (en cierto modo, también yo soy un imitador): los corderos eligen a sus lobos; las víctimas a sus torturadores y asesinos; los presos a sus carceleros. La idea de una libertad responsable sigue dando miedo.
El fantasma de dos metros de altura, vestido con una larga túnica blanca, está intentando decirme algo, pero no sé el qué. Desde hace semanas, cada noche cruza la calle bajo mi balcón. No importa a qué hora yo salga a ese balcón para echarle un vistazo a la noche, no controlo los tiempos, no lo busco, pero cada noche lo veo pasar.
En ocasiones puntuales (y esto es aún más extraño) va montado en una bicicleta sin luces. ¿De dónde viene, adónde va? ¡Quién puede saberlo!
La gran pereza que siento ante los procedimientos de la apostasía. Me cuentan como uno de los suyos; no es verdad.
¿Acaso valdría la pena redactar, solicitar, firmar, entregar los documentos exigidos y esperar una respuesta que nunca llega? El simple desprecio y la simple indiferencia (en ocasiones tan fácil de mostrar pero tan difícil de mantener). No un dios per se, sino la idea de dios como aglutinante de la masa.
Hace más de diez años que no ha habido un solo día triste en mi vida. Soy el perfecto pesimista-alegre. Hay cosas que me decepcionan, es cierto, y otras que me irritan. Pero creo que la activa balanza halla siempre su equilibrio. No se debe a ninguna intencionalidad por mi parte. Supongo que todo ello estará en mi naturaleza.
Me satisface tantas veces la ingenuidad y la belleza, la inteligencia que despierta como chispa, y salta de lo que arde entre llamas sin producir, todavía, humo.
Al parecer (no hay certeza absoluta en el asunto) el suicida más lento de la historia moderna tardó 256 años en conseguir su objetivo. Se dice que murió en 1933 (la noticia se publicó en The New York Times). Se llamaba Li Ching-Yu.
Respecto a la historia antigua, otro suicida incluso más lento se menciona en el Génesis: Matusalén -hijo de Enoc, padre de Lamec y abuelo de Noé-, el cual precisó 969 años para acabar con su vida.
Esta noche, a una hora más temprana, no ha sido un fantasma sino cuatro los que han cruzado la calle bajo mi balcón. Sus gestos y actitudes prueban que no son fantasmas reales: uno hablaba por medio de un teléfono móvil; otro se ha desprendido de la blanca túnica bajo la farola de la araña; a los otros dos los ha recogido un coche que ha doblado con rapidez la esquina y desaparecido de mi vista.
Mientras yo contemplaba a los falsos fantasmas, las noticias de televisión anunciaban decenas de muertos y decenas de heridos en un atentado múltiple en el aeropuerto internacional Atatürk, en Estambul.
Día largo y complejo, que ha requerido tranquilidad química; el corazón como un pequeño animal cansado, una tortuga nerviosa, un pájaro asustado al que no he tenido más remedio que tomar por las alas.
Salvador Alís.
Cada noche, después de una jornada de duro trabajo -como suele decirse-, desde que bajo del autobús hasta que llego a casa, atravieso una calle principal, una plaza y varias calles secundarias.
En esa calle principal, en la acera izquierda, aguardan para cazar a sus clientes media docena de cambiantes prostitutas negras. Por lo que sé: nigerianas. Por lo que veo: con cara de niñas o niñas realmente. Separadas entre sí por los cruces de las calles secundarias, invariablemente todas, cada medianoche, tienen algo que decirme, propuestas básicas que lanzan al aire cuando paso a su lado: "¿Follar...? ¿Chupar...?" La novedad, en esta ocasión, la desconcertante pregunta de una adolescente con el cuerpo de una diosa oscura y primordial: "¿Tú gusta bombón de chocolate?".
De repente un tonto se hace famoso, conocido mundialmente (no entraremos en los detalles de sus méritos, oportunidades y aportaciones); esto lo facilitan hoy las nuevas (¿o ya son viejas?) tecnologías, la inmediatez y amplitud de las comunicaciones. Enseguida surge otro tonto que lo imita. Y luego, mil tontos más que imitan al imitador.
Quien no haya leído Masa y Poder quizá no entienda la profundidad que se esconde tras la aparente sencillez del enunciado; quien lo haya leído, quizá tampoco.
Apátrida no oficial sino más bien por vocación, hoy más que nunca reniego de mi nacionalidad (impuesta por el azar y las normativas).
En este país hay más de un listo famoso, y miles de listos imitadores y millones de tontos imitadores de los imitadores. Lo he citado más de una vez y ahora lo repito (en cierto modo, también yo soy un imitador): los corderos eligen a sus lobos; las víctimas a sus torturadores y asesinos; los presos a sus carceleros. La idea de una libertad responsable sigue dando miedo.
El fantasma de dos metros de altura, vestido con una larga túnica blanca, está intentando decirme algo, pero no sé el qué. Desde hace semanas, cada noche cruza la calle bajo mi balcón. No importa a qué hora yo salga a ese balcón para echarle un vistazo a la noche, no controlo los tiempos, no lo busco, pero cada noche lo veo pasar.
En ocasiones puntuales (y esto es aún más extraño) va montado en una bicicleta sin luces. ¿De dónde viene, adónde va? ¡Quién puede saberlo!
La gran pereza que siento ante los procedimientos de la apostasía. Me cuentan como uno de los suyos; no es verdad.
¿Acaso valdría la pena redactar, solicitar, firmar, entregar los documentos exigidos y esperar una respuesta que nunca llega? El simple desprecio y la simple indiferencia (en ocasiones tan fácil de mostrar pero tan difícil de mantener). No un dios per se, sino la idea de dios como aglutinante de la masa.
Hace más de diez años que no ha habido un solo día triste en mi vida. Soy el perfecto pesimista-alegre. Hay cosas que me decepcionan, es cierto, y otras que me irritan. Pero creo que la activa balanza halla siempre su equilibrio. No se debe a ninguna intencionalidad por mi parte. Supongo que todo ello estará en mi naturaleza.
Me satisface tantas veces la ingenuidad y la belleza, la inteligencia que despierta como chispa, y salta de lo que arde entre llamas sin producir, todavía, humo.
Al parecer (no hay certeza absoluta en el asunto) el suicida más lento de la historia moderna tardó 256 años en conseguir su objetivo. Se dice que murió en 1933 (la noticia se publicó en The New York Times). Se llamaba Li Ching-Yu.
Respecto a la historia antigua, otro suicida incluso más lento se menciona en el Génesis: Matusalén -hijo de Enoc, padre de Lamec y abuelo de Noé-, el cual precisó 969 años para acabar con su vida.
Esta noche, a una hora más temprana, no ha sido un fantasma sino cuatro los que han cruzado la calle bajo mi balcón. Sus gestos y actitudes prueban que no son fantasmas reales: uno hablaba por medio de un teléfono móvil; otro se ha desprendido de la blanca túnica bajo la farola de la araña; a los otros dos los ha recogido un coche que ha doblado con rapidez la esquina y desaparecido de mi vista.
Mientras yo contemplaba a los falsos fantasmas, las noticias de televisión anunciaban decenas de muertos y decenas de heridos en un atentado múltiple en el aeropuerto internacional Atatürk, en Estambul.
Día largo y complejo, que ha requerido tranquilidad química; el corazón como un pequeño animal cansado, una tortuga nerviosa, un pájaro asustado al que no he tenido más remedio que tomar por las alas.
Salvador Alís.
domingo, 26 de junio de 2016
DESPUÉS DEL ESCRUTINIO
DESPUÉS DEL ESCRUTINIO
Fuego y hielo
"El mundo acabará, dicen, presa del fuego;
otros afirman que vencerá el hielo.
Por lo que yo sé acerca del deseo,
doy la razón a los que hablan del fuego.
Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces,
pienso que sé lo bastante sobre el odio
para afirmar que la ruina sería
quizá tan grande,
y bastaría."
El peligro de la esperanza
"Es justo allí,
en la mitad del camino
entre el huerto desnudo
y el huerto verde,
cuando las ramas están a punto
de estallar en flor,
en rosa y blanco,
que tememos lo peor.
Pues no hay región
que a cualquier precio
no elija ese tiempo
para una noche de escarcha."
Dos breves poemas de Robert Frost (1874-1963).
Fuego y hielo
"El mundo acabará, dicen, presa del fuego;
otros afirman que vencerá el hielo.
Por lo que yo sé acerca del deseo,
doy la razón a los que hablan del fuego.
Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces,
pienso que sé lo bastante sobre el odio
para afirmar que la ruina sería
quizá tan grande,
y bastaría."
El peligro de la esperanza
"Es justo allí,
en la mitad del camino
entre el huerto desnudo
y el huerto verde,
cuando las ramas están a punto
de estallar en flor,
en rosa y blanco,
que tememos lo peor.
Pues no hay región
que a cualquier precio
no elija ese tiempo
para una noche de escarcha."
Dos breves poemas de Robert Frost (1874-1963).
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