A PANTALLA GRANDE / VOLUMEN ALTO
Para escribir una simple línea hay que olvidar todo lo anterior, partir de cero.
Una hoja de papel es una pantalla donde se proyectan imágenes (nunca vistas).
La música de cada proyección debe acompañar.
Una pantalla grande muestra mejor la historia, aunque mayor tamaño
no implica mayor extensión.
El texto puede ser escrito sin cesar, contener un deseo de infinitud.
A todo ello, no obstante, se le tiene que dar un final.
Sin un final en el momento adecuado no puede haber olvido ni comienzo.
Todo se detendría. Todo sería inútil en su longitud.
Antes que la línea continua, el escritor prefiere los puntos suspensivos
(en vertical). Esos puntos pueden ser numerados.
Y pueden las imágenes tener un título y hasta un lema destacado.
Elegir un buen título es imprescindible:
servirá (como el número) para ordenar el caos. Palabras e imágenes,
mezcladas por el azar que escribe cronológicamente, son caóticas.
A pantalla grande se ven mejor los detalles.
La música pone orden en los atropellados pasos del baile.
Con la escritura que de tal modo se oye, una simple línea para no decir nada,
pues nada merece la apariencia que se presenta como totalidad.
Sin un volumen alto no es posible escuchar el viento que pasa
sobre las palabras, las hace vibrar y las cambia.
El que canta de pie y la que baila sentada hablan porque sí,
porque en el baile y en la canción apuestan su vida, su imagen de colores
no definidos, luces que estallan en la oscuridad
para cegar al ciego e iluminar lo iluminado.
Salvador Alís.
martes, 11 de diciembre de 2018
miércoles, 21 de noviembre de 2018
EN EL BARCO
EN EL BARCO
En una caseta de plástico y de metal, poco antes de medianoche,
esperan las jaulas.
A los pasajeros que viajan con animales
se les entrega una llave.
Mientras se abandona el puerto, dos galgos unidos a su dueño
con finas correas también esperan.
No hace demasiado frío en la cubierta, pero la hembra,
de color gris plateado, viste un jersey de lana.
Por su tamaño se diría que es la madre.
El hijo, marrón claro, está desnudo.
Le falta una pata, la derecha trasera, en toda su longitud.
El barco parece deslizarse sobre el agua
como afilado cuchillo sobre una pista de hielo.
La amputación no es reciente, no hay cicatrices visibles.
El pequeño galgo trata de mantenerse en pie,
no siempre lo consigue,
de tanto en tanto se derrumba y luego se levanta.
Los ojos de su madre miran con una tristeza sin consuelo.
Con el amanecer, llegando a otro puerto,
las jaulas se abren.
La madre sale en primer lugar. Después el hijo. Después el sol.
El dueño de los perros prepara las correas,
acaricia sus cabezas.
El galgo de tres patas baja sin ayuda la escalera.
Salvador Alís.
En una caseta de plástico y de metal, poco antes de medianoche,
esperan las jaulas.
A los pasajeros que viajan con animales
se les entrega una llave.
Mientras se abandona el puerto, dos galgos unidos a su dueño
con finas correas también esperan.
No hace demasiado frío en la cubierta, pero la hembra,
de color gris plateado, viste un jersey de lana.
Por su tamaño se diría que es la madre.
El hijo, marrón claro, está desnudo.
Le falta una pata, la derecha trasera, en toda su longitud.
El barco parece deslizarse sobre el agua
como afilado cuchillo sobre una pista de hielo.
La amputación no es reciente, no hay cicatrices visibles.
El pequeño galgo trata de mantenerse en pie,
no siempre lo consigue,
de tanto en tanto se derrumba y luego se levanta.
Los ojos de su madre miran con una tristeza sin consuelo.
Con el amanecer, llegando a otro puerto,
las jaulas se abren.
La madre sale en primer lugar. Después el hijo. Después el sol.
El dueño de los perros prepara las correas,
acaricia sus cabezas.
El galgo de tres patas baja sin ayuda la escalera.
Salvador Alís.
viernes, 26 de octubre de 2018
EL VIAJE LENTO
EL VIAJE LENTO
Porque quiero ver mientras viva
una ola que llega y otra que nace, un árbol que pasa,
un sol que se entrega a su horizonte,
un día ya cumplido y una noche que se abre,
elijo el viaje lento.
Porque no espero ir y volver en un instante,
porque me importa el trayecto y su demora,
porque todo cuenta,
elijo el viaje lento.
Se dirá de mí que no tuve prisa,
que no temí perder el último tren, el último barco.
Ni la tierra ni el mar me olvidan,
ni tiene por qué olvidarme el cielo. Y por eso
elijo el viaje lento.
De no haber retorno posible, el destino es el viaje.
La meta final, tan lejana,
puede estar ante los ojos y no ser vista.
Uno se va de lo que ama
para mejor amar. Con la lluvia y el invierno
elijo el viaje lento.
Mi corazón me dice que viviré cien años.
Pero mi ángel de la guarda, envejecido en sus alas
de humo y de vino, me dice lo contrario.
Elijo el viaje lento.
Salvador Alís.
Porque quiero ver mientras viva
una ola que llega y otra que nace, un árbol que pasa,
un sol que se entrega a su horizonte,
un día ya cumplido y una noche que se abre,
elijo el viaje lento.
Porque no espero ir y volver en un instante,
porque me importa el trayecto y su demora,
porque todo cuenta,
elijo el viaje lento.
Se dirá de mí que no tuve prisa,
que no temí perder el último tren, el último barco.
Ni la tierra ni el mar me olvidan,
ni tiene por qué olvidarme el cielo. Y por eso
elijo el viaje lento.
De no haber retorno posible, el destino es el viaje.
La meta final, tan lejana,
puede estar ante los ojos y no ser vista.
Uno se va de lo que ama
para mejor amar. Con la lluvia y el invierno
elijo el viaje lento.
Mi corazón me dice que viviré cien años.
Pero mi ángel de la guarda, envejecido en sus alas
de humo y de vino, me dice lo contrario.
Elijo el viaje lento.
Salvador Alís.
martes, 23 de octubre de 2018
OCTUBRE
OCTUBRE
A finales de octubre aún son cálidas las noches.
No hay nubes en el cielo.
Las aguas y las lluvias se fueron a otra parte.
Y la luna brilla insistente pero suave en su halo.
Lolita bebe de su cuenco como si no hubiera un mañana.
Nube se acicala sobre la lavadora.
Sombrita duerme plácidamente en el sofá amarillo.
Muy lejos una campana suena tocada por el viento.
No hay pájaros en el aire, tal vez emigraron,
tal vez se ocultan y duermen para soñar que vuelan
en las tupidas copas de algunos árboles.
A finales de octubre aún son cálidas las noches.
Salvador Alís. Vida. Pág.: 100.
A finales de octubre aún son cálidas las noches.
No hay nubes en el cielo.
Las aguas y las lluvias se fueron a otra parte.
Y la luna brilla insistente pero suave en su halo.
Lolita bebe de su cuenco como si no hubiera un mañana.
Nube se acicala sobre la lavadora.
Sombrita duerme plácidamente en el sofá amarillo.
Muy lejos una campana suena tocada por el viento.
No hay pájaros en el aire, tal vez emigraron,
tal vez se ocultan y duermen para soñar que vuelan
en las tupidas copas de algunos árboles.
A finales de octubre aún son cálidas las noches.
Salvador Alís. Vida. Pág.: 100.
sábado, 13 de octubre de 2018
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