miércoles, 21 de diciembre de 2016

BUIKA Y LIMÓN / ORO SANTO

SOBRE LA AMISTAD

SOBRE LA AMISTAD

"¿Para qué predicar ahora a los sordos y desengañar a los ciegos?" 

Albert Caraco. Breviario del caos. Sexto Piso. 2006. Pág.: 105. 

El día trece de este mes he cumplido 61 años. El día catorce, enfermé. Es cierto que esta enfermedad está siendo más leve o llevadera que otras, pero eso no impide que haya llovido intensamente, que el viento y el frío me lo hayan puesto más difícil. Después de 7 días de trabajo sin pausa (aún queda mañana), con pañuelo al cuello, chaqueta impermeable y gorro de lana, con un sinfín de pañuelos de papel en los bolsillos, mi nariz enferma como una fuente que no se puede cerrar, mi garganta enferma como un freno a la capacidad de mentir, de repente me he puesto a pensar en la amistad. 

He tenido algunos buenos amigos, no muchos. Y he tenido algunas grandes decepciones, no pocas. A uno de aquellos grandes amigos del pasado lo recordé ayer o anteayer cuando veía en la televisión imágenes de la Kurfürstendamm y de la iglesia de la memoria. Allí estuvimos solos hace 32 años. Ni móviles, ni Internet, ni drones, ni auriculares para escuchar aquellas viejas canciones que contenían las viejas cintas. 

Una y otra vez, volver sobre lo mismo: el viaje une; estar desnudos une; el tiempo compartido une; el miedo y la cobardía -sumados- unen. Y una y otra vez tomar un atajo que alarga infinitamente el camino.

Bajo la lluvia anda esta noche un hombre bajo un paraguas negro. El hombre considera al paraguas un amigo. Pero el paraguas considera al hombre un interesado. ¿Qué beneficio puede obtener el paraguas de esa relación hipócrita como no sea tensar y destensar sus varillas de vez en cuando? El hombre, sin embargo, usa el paraguas para protegerse de la lluvia, lo abre, lo cierra y lo guarda en su funda para otra ocasión. 

Entre amigos es frecuente intercambiar conocimientos, jugar al mismo juego, desafiarse, caer en las confesiones, agredir con las intimidades, decir lo que se piensa hoy como si no hubiera un mañana. Si enseño a mi amigo -¿qué otra cosa podría enseñarle?- a fabricar un cuchillo, con el tiempo mi amigo acabará fabricando el mejor cuchillo imaginable, y lo acercará a mí como regalo. Si mi amigo me enseña -¿qué otra cosa podría yo aprender?- el valor de la indiferencia, con el tiempo acabaré dándole la espalda y sufriendo sumido en esas contradicciones. 

Se recuerda a los amigos con los que uno tomó muchas copas, barajó muchos bastos, anheló muchos oros, afiló muchas espadas. La amistad que se fue se agranda en el futuro y hace grandes las sombras y los objetos. El cuchillo aumenta su largura; la doble moneda (de plata y de  carbón en sus dos caras) se pretende dorada; la batuta se convierte en bate de béisbol; los destilados se rinden ante su majestad el vino. 

Pasados ya 7 días, la lluvia, el viento y el frío, y participando con mis propias reglas en un juego inventado por Nube, acabo pensando que la fidelidad de los amigos es imposible (a no ser que esos amigos sean animales irracionales). Es verdad que alguien que consideraba amigo suyo a un tigre "domesticado" resultó, finalmente, comido por ese tigre. Pero esto no niega la idea principal, siendo apenas una excepción. 

¿Qué mejor amigo de uno que uno mismo? ¿Qué mejor traidor? ¿Qué mejor espía? ¿Quién sino uno mismo podría causarse el mayor daño? 

A mi edad ya no desean nuevos amigos, sino experiencias. De todo aprende uno. ¿Qué me falta por aprender? 

Uno de mis últimos amigos, al que doblo en años, extremadamente inteligente, irónico y locuaz (por ello, entre otras cosas, tiene o tuvo sentido nuestra amistad), ha girado las velas hacia otro viento. Lo comprendo bien. Asumo la lección. En un futuro inmediato, más rápido de lo que puedas concebir, también tú te sentirás desplazado por otro impulso más joven y sabrás que te ha llegado la hora. Tu joven amigo se encontrará en su vida otra vida que le importe más. Es lo normal, lo que suele suceder. Que no te extrañe. En todo caso lamentarás que tu amigo no sea capaz de distribuir su tiempo, que siempre tenga prisa por ser, olvidando que ya es -de hecho y en potencia- lo que con tanta vehemencia aspira a ser. 

El tiempo, emperador máximo de nuestra historia, cohesiona unas amistades y desbarata otras. A su capricho siempre, jamás a nuestro entendimiento. 

Las amistades forzadas por un interés mutuo nunca salen bien paradas, anuncian su propia fecha de caducidad. Y si los comensales se empeñan en seguir consumiéndolas, pronto se darán cuanta de que su alimento es podrido.

Y ahora que lo pienso, en realidad, jamás he tenido amigas. ¿Por qué? Pero la vida, tan sapiente, me ha compensado con tres gatas, cuatro, cinco y hasta cien. Si una simple amistad es por sí sola ya imposible, ¿cómo podría darse mezclada con el instinto? 

Sabes que escribo para ti, que esto es una carta de despedida. Has comenzado por el principio y llegado hasta la línea final. No reflexiones, no pienses, no dudes. El texto que compartimos, a pesar de las apariencias, no termina aquí. Sigue leyendo. Tras este punto y este silencio, deberás escribir tu propio final. 

Salvador Alís.        






martes, 13 de diciembre de 2016

JIMMY FONTANA / IL MONDO

¿POR QUÉ REGALAR?

¿POR QUÉ REGALAR?

A un niño se le puede hacer un regalo sin problema y sin compromiso. Si el regalo es acertado, expresará su gratitud con su felicidad, una sonrisa, un gesto de sorpresa, saltos de alegría. Pero a un viejo es peligroso hacerle un regalo: puede sentir humillación y tratar desesperadamente de corresponder con otro regalo que supere al recibido. Todo ello supone preocupación y desgaste.

Los regalos, a menudo, son puntos negros que constituyen un círculo vicioso.

Un regalo puede estar envenenado o ser él mismo un veneno, puede anular la voluntad, puede separar en lugar de unir, puede causar el efecto contrario, puede pegar dos voluntades como si fueran hojas de papel encolado.

Hacer regalos puede volver a la gente egoísta, por los dos extremos: Puesto que habitualmente recibo regalos, será porque los merezco... O bien, me gusta regalar para darme importancia.

El asunto se vuelve interesante cuando pensamos en el momento adecuado para dejar de hacer regalos. Pues todo debe tener un fin. No se puede hacer regalos a todas las personas que uno conoce o, mejor, va conociendo a lo largo de su vida. Se precisaría mucho dinero y hasta una empresa de transporte. Los regalos inmateriales se vuelven así la mejor opción. Se eliminan costes y se gana en velocidad, en capacidad de reacción.

Hacer regalos se parece mucho a un partido de tenis: mientras la pelota esté en juego, mientras el regalo vaya y venga..., hasta que de repente cae fuera del campo o no consigue superar la red.

A estás alturas (el horizonte que ven los pájaros) puede uno sentir la tentación de hacer una lista de regalos, algunos muy significativos, el orden es otra cosa:
Un libro de manualidades. Palabras sobre la vida. Una moneda de 2,5 pesetas. Un paseo en moto, en coche, a hombros desde la casa a la escuela y desde la escuela a la casa de la novia.
Un traje negro que sólo fue usado dos veces: en la boda y en el entierro.
La música de J. S. Bach, la música de Carlos Santana, las enseñanzas de Don Juan, el disco Foxtrot de Génesis.
Un viaje a Berlín. Un pequeño apartamento en el centro de París, luego de una fiesta en una gran casa en las afueras de París. Todos los viajes, los vuelos, las islas: Cerdeña, Rodas, Madeira, Sintra, Lisboa, Atenas, Santorini, Marienbad, Praga, Isla de la Reunión, Habana, Egipto, Túnez, Estambul...
Dibujos a lápiz en un cajón. Un óleo de un monje encapuchado.
Las viejas carreteras donde los viejos coches se detenían.
El farolillo encendido y la mujer madura, en bikini, junto a la piscina bajo la luna llena.
Las clases de filosofía de ella (que moriría poco después en un accidente de tráfico) y las de él (un sabio alcohólico).
La navaja automática de cachas negras. Las dos pistolas escondidas durante un tiempo en el tejado.
Su pelo, ojos, cejas, nariz, labios, lengua, orejas, nuca, cuello, hombros, pechos, costillas, espalda, ombligo, fila de hormigas, muslos, rodillas, nalgas, pantorrillas, tobillos, pies y dedos de los pies y sus correspondientes uñas.
Las islas, sea cuál sea su naturaleza y origen.
La madre y la hija sin cuya presencia y acompañamiento tu vida no hubiera tenido sentido. El padre que murió en su cruz pidiéndote perdón y perdonándote. La madre que se fue y te dejó sus ojos grises y suplicantes. El pintor alemán que te hizo ver la ironía, la caricatura, la imagen antes que la reflexión..., y que jamás pinto un cuadro.

¿Por qué regalar, si todo regalo ya está hecho?

¿Por qué se regala uno a sí mismo el día de su cumpleaños placer y destrucción? ¿Para apaciguarse? ¿Para darse ánimo? Vivir ya es un regalo (aunque no siempre y en todas las condiciones).

Las faltas de ortografía, los errores sintácticos, las verdades a medias, las no verdades, las palabras mal escogidas: regalos.
El tiempo compartido, las miradas que se intercambian, las manos que se tocan: regalos.
Las imágenes que se ven, se describen, se imaginan, y las historias que se viven, se cuentan, cambian y evolucionan: regalos.
Una botella mágica que contiene en su interior a un genio que no concede ningún deseo, una botella que no se abre, que no se cierra, que se guarda incluso cuando está vacía: regalos.

¿Por qué regalar si cada noche (o cada día) soñamos?

Si tan solo se regalase por amor... Pero cuántas veces no se pretende comprar o vender alguna mercancía con el regalo, o se regala por miedo, por costumbre, por mera repetición de ideas fijas.

Que alguien se acuerde de ti ya es suficiente. ¿Lo es? ¿Y si el recuerdo es por venganza, rencor, deudas de juego o deseo de revancha? El camino por el que transita el que se acuerda y el recordado es el mismo para ambos y es un regalo.

Pequeñas metas son un regalo. Vivir un año más. Sentirla más cerca. Los gatos son un regalo, los que no se mueven de la vitrina y las que duermen a tu alrededor.

Los regalos multitudinarios, la verdad, te inquietan. Pero uno debe estar dispuesto a todo si quiere saltar sobre esas piedras mojadas y cruzar el río.

La hija se regala como una flor recién nacida, blanca y amarilla, donde se reflejan la luz del sol y el aroma del mar como en un espejo. La madre se regala como interrogante oculta por mil cajas y envoltorios, lazos y contra lazos, algo de suspense y una emoción que no acaba. El hermano se regala en la época más sensible, durante la infancia, cuando deja una huella más profunda. Los amigos no se regalan. Las amantes se dieron, pero tampoco. Los maestros, los libros, los cuadros, las melodías y las sinfonías, los decorados, los efectos especiales..., no se regalan puesto que, en esencia, son regalos, y existen para ser regalos.

La gran duda es un regalo. El Sí y el No son regalos. Escribir es un regalo. Dejar de escribir es un regalo. Abandonar la línea trazada, salirse de los márgenes, derramar la pintura. En esta noche, es un regalo decir lo que se piensa.

Ya sea mediante la palabra o mediante la figura, todo se ha dicho y todo se está diciendo, todo es expresión y, por tanto, regalo.

Salvador Alís.    





sábado, 10 de diciembre de 2016

NICOLA DI BARI / ROSA

¿QUÉ REGALAR?

¿QUÉ REGALAR?

¿Qué regalar, a quién, cuándo y con qué propósito? Estas son las preguntas importantes; el envoltorio del regalo mismo. Lo que haya en su interior tal vez importe menos; la sorpresa ante todo. Para cualquier lector -¡y lectora!-  interesados especialmente, procuraré ser lo más didáctico posible. Respecto al regalo como hecho causante, y también como hecho causado o consecuente, tengo no pocas dudas, algunas certezas, mucho desconcierto.

La metáfora de un regalo al uso sería un oso panda encerrado en un jaula de bambú.

El regalo no puede ser más que un "objeto", incluso cuando se trate de regalos inmateriales, pero las manos que lo dan y las manos que lo reciben establecen una "relación". ¡Y qué diferente es el primer regalo del último! El primero es fuente que brota entre las piedras y las plantas, aun creando musgo, por espontaneidad; el último es agua enfangada obtenida por la fuerza de un motor o bomba y de una reserva escasa y subterránea.

El empresario regala al político que, a su vez, regala al empresario. El farmacéutico regala al médico que, a su vez, regala al farmacéutico. El jefe de las drogas regala al drogadicto que, a su vez, regala al jefe de las drogas. El aviador regala a los pájaros que, a su vez, regalan al aviador. El asesino regala a la víctima que, a su vez, regala al asesino,

El destino le acaba de regalar cien años a Issur Danielovitch Demsky. Cien años. Un buen regalo si esa longitud de tiempo ha supuesto y sigue suponiendo una vida con sentido, una buena vida. Los regalos a fecha fija (cumpleaños, aniversarios, fiestas de cualquier clase, celebraciones religiosas o espirituales, conmemoraciones de batallas o patriotismos, fundaciones, orígenes, honores debidos, obituarios, nacimientos, peticiones de mano, otorgamientos, encuentros pactados, etcétera), me resultan indigeribles.

Las condiciones que afectan a un regalo para ser limpio y verdadero son tan complejas que lo anulan. Un regalo no debería  sujetarse a fechas establecidas. Un regalo que se precie debe sorprender sin asustar. Un regalo como flecha única, volando en la dirección correcta, con ánimo de clavarse en el centro de la diana, sin voluntad de volver atrás, de ser contestada, de cruzarse con ella misma o con otras flechas.

¿Un regalo no debe inquietar? Al contrario: que cause inquietud. No es igual un "objeto comprado" que un "objeto hecho a mano". Un regalo puede estar expuesto en escaparates y estanterías, vitrinas y mostradores, suelos y paredes. Un regalo puede ser fruto de los ojos, de la mente, de las posiciones del cuerpo, de las manos, los utensilios de dibujo y pintura, escritura y caligrafía.

Un regalo semejante a los libros que los monjes medievales, en la soledad, en el frío y la desolación de sus estancias iluminadas con velas y con absoluta calma, regalaron a la humanidad. Los regalos no deberían medirse por su coste, ¡pero qué difícil evitar la ostentación!

El mejor regalo -me parece- es el tiempo que se invierte en hacer ese regalo. Los mejores regalos que me han hecho nunca han sido comprados: la bondad, la lectura, el agua, las montañas, las cuevas, los animales domésticos, la pasión...

Pero el amor nunca se regala: siempre es el precio pagado para comprar amor, es decir adoración, reconocimiento, sumisión.

Prefiero una hoja escrita, una fotografía diferente, una talla de madera, una canción, un gato con un tatuaje, una canción, un dibujo, un beso, una caricia, el contacto -firme y suave al mismo tiempo- de una mano en mi mano, un aroma, una copa de vino procedente de una cepa que ha sufrido...

Tanto lo que se puede pagar con tarjeta de crédito como con billetes usados, no da la talla. Para elevarse y llegar a cierta altura (hasta el horizonte, por ejemplo, que ven los pájaros) es necesario sobre todo ser humilde. Pero es un hecho cierto que yo no soy humilde. Entonces ¿qué puedo regalar?

No se hacen regalos entre sí los gatos -esto lo sé por experiencia-. Se lamen, se dan calor, se imitan, se pelean, juegan. Todas sus relaciones son regalos; pero no pagan ni empaquetan, no se complican la vida, pues la vida -para ellos- es ya de por sí un regalo. Aprender de ellos es un regalo: nos superan en desinterés.

Salvador Alís.