miércoles, 7 de diciembre de 2016

NO HABLAR EN PÚBLICO

NO HABLAR EN PÚBLICO (EN 22 MÁXIMAS)

Mejor no hablar en público
porque siempre puede sorprendernos un oyente no deseado.

Mejor no hablar en público
porque nunca le pagan a uno lo suficiente.

Mejor no hablar en público
porque siempre se puede hablar un idioma extranjero
que la audiencia no comprenda.

Mejor no hablar en público
porque puede que ese día hayas cumplido cien años.

Mejor no hablar en público
porque siempre puede uno de repente enmudecer.

Mejor no hablar en público
porque quizá digas cosas sin sentido,
propias de necios o de fanfarrones o, lo que es peor,
mentiras que has llegado a creer.

Mejor no hablar en público
porque siempre alguien puede sacar un arma.

Mejor no hablar en público
porque los mejores discursos ya se han escrito,
declamado y oído por aquellos a los que iban dirigidos.

Mejor no hablar en público
porque siempre puede encontrarse un traidor
entre los que escuchan.

Mejor no hablar en público
porque nunca se sabe cómo empezar
y mucho menos cómo acabar.

Mejor no hablar en público
porque pudiera ocurrir que fuese el día de tu entierro.

Mejor no hablar en público
porque todo aquel que lo hace
se exhibe sin venir a cuento.

Mejor no hablar en público
porque siempre hay algo mejor que hacer.

Mejor no hablar en público
porque al hablante pueden intimidarle los aplausos,
los abucheos, e incluso (más aún) el silencio.

Mejor no hablar en público
porque se corre el riesgo de tener seguidores.

Mejor no hablar en público
porque a la pregunta ¿qué decir?
nadie contesta nunca nada.

Mejor no hablar en público
porque para hablar en público hay que levantar la voz.

Mejor no hablar en público
porque quizá haya gente convencida de antemano.

Mejor no hablar en público
pero si decides hablar no utilices tu propia voz,
ensaya otras voces, dile a cada cual lo que quiere oír
y lo que no quiere oír. Provoca alguna reacción.

Mejor no hablar en público
y ser uno más entre el público, sentarse en una butaca,
ver como otros se levantan, contemplarse a sí mismo.

Mejor no hablar en público
y ser el actor más extraordinario, el que sin hablar levanta
a los asistentes de sus butacas,
el que -hablando- permanece ajeno a todo.

Mejor no hablar en público
porque tal vez sufras la enfermedad de la egolatría
y sólo te guste oír -invariablemente- tu propia voz.

Salvador Alís.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Espartaco (1960) de Stanley Kubrick

HABLAR EN PÚBLICO

HABLAR EN PÚBLICO

El noventa por cien de las veces habla consigo mismo,
bien en silencio, bien pronunciando palabras.
Hablar con alguien supone una dificultad añadida.
Hablar para otros, un desafío.
Puede leer un papel, haber memorizado el discurso, improvisar.
Pero él prefiere otra cosa -es un hombre corriente-:
decir lo que tenga que decir, si puede hacerlo,
cuando lo tenga que decir.

Los que suelen hablar en público, mienten.
No se puede decir la verdad a los que escuchan
con las orejas de todos los días.
Es lo que piensa mientras gesticula ante el espejo como si hablara.
Él quiere orejas limpias, nuevas a ser posible,
que capten todos los matices de las ondas sonoras
que genera una vida en público al diez por cien.

Ha imaginado leer un poema, describir un cuadro, presentar
un libro propio o ajeno. El poema sería un golpe
de martillo. El cuadro no sería capaz de retener al ciervo.
El libro hablaría por sí mismo.
Es lo que piensa mientras los alicientes se pierden
y lo que se gana es todavía un crédito imposible de ganar.

¿Hablar en público contando con la ofensa previsible,
la falta de comprensión, con el escándalo? ¿Hablar en público
para deslumbrar? ¿Hablar en público para decir qué?
No estando de acuerdo con ser un hombre corriente,
duda entre el pincel y la pluma, el libro y el cuadro, la palabra
hecha imagen o la imagen hecha palabra.
Cuando llegue el momento -se dice-, cuando haya de ser.

Se imagina en un escenario frente a diez, frente a cien,
frente a mil: señoras y señores, todo lo que yo pudiera decir 
no significaría nada si antes no resolvemos 
la cuestión principal: ¿vale o no vale la pena vivir? 

Para seguir viviendo, como opción favorita, él debe cambiar.
El pincel antes que la pluma. El vino, a un lado; al otro lado,
la niebla. Se combate el invierno con vitaminas
y se espera el verano con esperanza. Cuando él descendía
por las escaleras naturales de las cuevas subterráneas,
el manantial de más arriba no dejaba de fluir.

Salvador Alís.












domingo, 4 de diciembre de 2016

LISA EKDAHL / VEM VET

LA NATURALEZA DE MI VIAJE. 3.

LA NATURALEZA DE MI VIAJE. 3.

"Esta muralla fue concebida como protección para siglos, por lo que el trabajo ineludiblemente requirió la más cuidadosa construcción, la utilización de la sabiduría arquitectónica de todos los tiempos y pueblos conocidos y una sensación permanente de la implicación personal de cada constructor. Para los trabajos menores se podían contratar ignorantes jornaleros del pueblo: hombres, mujeres y niños que se ofrecían a cambio de una buena paga. Sin embargo, para dirigir a cuatro jornaleros ya era necesario contar con alguien inteligente e instruido en las técnicas de construcción... Nosotros (y hablo en nombre de muchos) hemos llegado a tener conciencia de lo que verdaderamente somos después de descifrar atentamente las instrucciones de los más altos directores, llegando a descubrir que, sin ellos, ni nuestra sabiduría profesional ni nuestro entendimiento nos hubieran bastado para desempeñar la pequeña función que teníamos dentro del gran todo." 

Franz Kafka ( de La muralla china) citado por Walter Benjamin en Sobre la fotografía.
Pre-Textos.  2007. Pág.: 66.

Página 66. Pudiera ser Kafka citado por Walter Benjamín; pudiera ser yo citando la cita de la cita, lo que el ojo no ve a simple vista, o lo que pudiera estar viendo en este momento, algo que supera con creces a la oscura Praga y al corto exilio. Por ejemplo, y para no perder más tiempo: estas imágenes sobre los mártires (¿víctimas o suicidas?) halladas en la Pinacoteca Nazionale di Cagliari.






Ella habla pero yo no la escucho: domina la situación. Habla pero no la entiendo: en la fotografía, ella es apenas un reflejo pintado en un cristal, una pantera negra, una contorsionista.





Visitamos algunas bodegas: Dolianova, Argiolas, Pala. Los vinos blancos de las islas mediterráneas, los probados hasta ahora -e incluso alguno del norte de África- son dignos de mención. Los de Túnez, Santorini, Rodas, Cerdeña. La Moscatel de Alejandría, la Assyrtiko, la Athiri, la Vermentino di Gallura... En una copa de estos blancos está el mar suavizado por el viento, los olivos, el romero, las cúpulas y el desierto. En los vinos blancos están las palabras; en los tintos, la sangre y también las miradas. 



La diosa de la fertilidad tallada en una vieja placa de marfil o en una sencilla pizarra. Se ha completado el trabajo usando nuevas técnicas que incluyen las agujas de luz y los micro diamantes.


El sufrimiento extremo, representado por las armas y herramientas que hieren la cabeza y el cuerpo, es tratado por una pareja de doctores. Mientras yo hablo, el primero toma notas; mientras hablo, el segundo hace dibujos. A veces los papeles se intercambian. Yo tomo notas, mientras uno de los doctores habla; yo hago dibujos, mientras el otro habla. Cuando consiguen diagnosticar la fuente de mi mal, uno se transforma en una cabeza verde o azul y el otro en cabeza de perro.

   


Algunas veces, lo he llegado a comprobar, una fotografía se convierte en un lugar adonde ir de vacaciones, un lugar visitado y visitable, una casa, un cuerpo, un árbol. Y puesto que el verdadero viaje no acaba nunca, es improbable imaginar un final, o simplemente finalizarlo. El cielo rojo y la lluvia sin color anuncian que las vacaciones se terminan, que pronto habrá que volver al aeropuerto, que los días volando exceden a cualquier calendario. 







Las fotografías como bloques de piedra que al unirse forman un muro, y éste una muralla y, al final, un castillo. Llueve pero no hace frío. las gatas están tranquilas. Mis ojos no ven caer la lluvia. Soy lo que cualquiera puede ver y, al mismo tiempo, las sombras de mí mismo que sólo yo puedo ver. 




Todas las fotografías de La naturaleza de mi viaje. 1. 2 y 3. fueron tomadas en Cerdeña, entre el 11 y el 18 de noviembre de 2016, por Salvador Alís.

jueves, 1 de diciembre de 2016

QUEEN / THESE ARE THE DAYS OF OUR LIVES

LA NATURALEZA DE MI VIAJE. 2.

LA NATURALEZA DE MI VIAJE. 2.

"...¿es posible la expresión de la intimidad? 
Quiero decir la expresión clara, coherente, inteligible, de la intimidad. 
La intimidad, pura, bien discernida, debe ser la espontaneidad pura, 
o sea una secreción visceral e inconexa. 
Si uno dispusiera de un lenguaje y de un léxico eficaces para presentar esta secreción, 
no habría problema. 
Pero lo cierto es que no existe un estilo adecuado a la sinceridad ni un léxico eficiente. 
Pero aun suponiendo por un momento que la intimidad fuese expresable, 
¿quién la entendería, quién la podría comprender? 
Si no fuese única, particularista, personalísima, absolutamente primigenia 
¿qué aspecto tendría, cómo se podría imaginar su presencia? 
Cuando no podemos aclarar la nebulosa interna, 
decimos habitualmente: yo ya me entiendo... 
Los borrachos dicen lo mismo. 
Mi idea, pues, es que la intimidad es inexpresable por falta de instrumento de expresión; 
que su proyección exterior es prácticamente informulable." 

Josep Pla. El cuaderno gris. Destino. 1975. Pág.: 201.

A pesar de esta firme creencia en la imposibilidad de la expresión de su intimidad, Pla no dejó de escribir sobre sí mismo, y, en concreto, en la obra que se cita, hasta completar 669 páginas. Si uno no puede expresarse mediante palabras, siempre puede intentarlo de otra forma. Los instrumentos son muchos y distintos y, por más que cada uno, por sí solo, pueda sonar desafinado, cuando se integran en una orquesta, la orquesta de una vida, es posible que digan algo. Quizá el compositor o el director de la orquesta no aspiren a ser entendidos de manera clara y coherente, quizá únicamente pretendan que el público experimente un sentimiento parecido al que ellos sienten. Las fotografías, incluso las malas fotografías, las inesperadas, las caprichosas, son el instrumento elegido por mí, en esta noche, para expresar mi intimidad. 

Por más que el viajero llegue a lugares remotos, donde todo pueda ser diferente a aquello que conoce, si realmente vive para el viaje, lo que verá sin duda son imágenes que ya están en su interior. Y es que nadie puede ver lo que nunca ha visto, lo que es radicalmente extraño, ajeno a su mirada y a su ser. Por eso la cámara (y tras la cámara, el ojo) prestará atención a lo que uno lleva consigo, a lo que, estando fuera, está dentro de sí, sin importar lo más mínimo la falta de atención, la ignorancia o el olvido. 

En el Castello de Sanluri conviven ángeles y armas. Los ángeles y las armas ya estuvieron presentes en mi infancia. Ángeles y armas que tanto sirven para el ataque como para la defensa. 

  

Los pájaros y los relojes (sobre todo si son antiguos) son motivos recurrentes ante mi vista, metáforas del tiempo y de la victoria de la ingravidez. Y apenas cuenta si el reloj ya no funciona y el pájaro es sólo su representación metálica enroscada al cuello de una botella. 



¿Y qué decir de los paisajes, de la palmera altiva y solitaria y de las montañas que, siendo otras, son las mismas? ¿Qué decir del mar, siempre presente y cambiante, tan pacífico en apariencia pero que también hoy acoge en su profundidad, como en otro tiempo en la superficie, la violencia de las batallas y la desesperación de los ahogados.





En la iglesia alta de San Antioco, quizá la primera de Cerdeña (catacumbas de piedra convertidas en templo), un grupo de niños atiende las explicaciones de su maestra. A unos pocos metros, el esqueleto del santo se exhibe en una caja de cristal ornamentada con flores blancas y rojas, custodiada por candelabros de plata, sobre una mesa recubierta por una tela a su vez roja, escena perfectamente iluminada donde la muerte pierde su sentido y se erige en enigma irresoluble. 


El suelo de la plaza de esta iglesia, en este pequeño pueblo a la entrada de la pequeña isla unida mediante un istmo (y un puente) a la isla mayor, contiene no pocos símbolos "escritos" en sus adoquines. 




Pero finalmente, es un simple balcón el que nos revela la naturaleza de nuestro viaje. Un balcón onírico, de una simplicidad que desarma, cuya estructura y forma confirman lo sospechado: que en realidad, mientras creemos viajar, soñamos.


Salvador Alís.