sábado, 8 de octubre de 2016

SANTANA / SONG OF THE WIND

SIEMPRE HAY UN CAMINO

SIEMPRE HAY UN CAMINO

Silencio. Y sin embargo ¡quedan tantas cosas que contar...!
Cuando uno sufre el delirio de la escritura,
un día no basta para narrar un instante, un año no basta
para describir un día, una vida no basta
para hacer luz en una noche,
cien años por un año, mil años por la juventud perdida,
la eternidad no basta para un buen final.
Por ello es necesaria la poesía, porque un poema comprime,
no afirma, no niega, relata, sugiere,
siembra la semilla y luego se desentiende de la flor.

Silencio. Y sin embargo ¡hay tanta vida en la oscuridad...!
Esa vida te pertenece, es tuya con sus aciertos
y equivocaciones, sus triunfos y sus fracasos; tu vida
y otras vidas que fueron tuyas en algún momento;
vidas que ahora requieren ser descritas minuciosamente,
vidas que reclaman su derecho a ser relato,
a ser palabra.

La escritura es como el vino: cuanto más se bebe,
más se bebe; cuanto más se conoce,
más asiduamente se escribe.
Y uno va de vino en vino como de página en página,
temiendo que esta sea la última copa, el último poema.
Y el hígado sufre por su causa,
y parece que está a punto de colapsar... Pero no colapsa.
Otra copa, otro trago, otra línea, otro texto,
el placer por el placer,
sin una meta definida, sólo por el gusto de contar.

¿Y qué le importan al vino aquellos que no distinguen
la uva resplandeciente de la podrida, la viña vieja
en suelo pobre de cantos rodados
de la viña clonada y productiva?
¿Qué le importan al que escribe los que no leen,
no han leído o no saben leer?
Silencio. La poesía puede lograr lo imposible:
puede condensar en una palabra un instante,
en una línea una vivencia,
en unos versos algunos años,
en su conjunto (si el círculo es perfecto y se cierra)
el trayecto completo de una biografía,
especulaciones post mortem incluidas.

La poesía es lo contrario de la política,
algo que se encuentra a años luz de la economía,
del cálculo, algo que es poder sin más,
sin interpretes, sin intermediarios,
algo directo que va del yo al yo, del yo al tú,
de ti mismo a mí mismo,
algo que sobrepasa el entendimiento,
el resumen del resumen de un acto, de una idea,
de una vida grande y pequeña al mismo tiempo,
como el átomo, como la insignificante chispa
que prende en hierba seca, en toldo asoleado,
en paja amarilla y provoca un incendio,
como la gota de agua que -a fuerza de insistir-
horada la piedra o la construye de arriba abajo
y de abajo arriba. Silencio.


Salvador Alís.

jueves, 6 de octubre de 2016

NASSER SHAMMA / BAGHDAD NIGHT

EJERCICIOS DE DICCIÓN

EJERCICIOS DE DICCIÓN

Una voz dice "tiempo" y otra voz dice "esperanza";
la primera es esclava de su pasado y la segunda de su futuro,
pero ambas son la misma voz.
Una voz dice "muerte" y otra voz dice "vida";
suenan diferentes, pero son la misma voz.
La misma que cambia según se escuche a sí misma
o según la escuchen los demás.

El que habla no reconoce su propia voz:
cuando la oye fuera sí, pareciera que es otro el que habla;
y en esa diferencia y en ese parecer
la misma voz dice lo que no dice, pronuncia y calla. 
Se atreve a no decir "te quiero" y, a la vez,
está diciendo "te quiero", de las dos formas a su manera.

"No me gusta mi voz" dice el que -mientras lo dice-
toma consciencia de que su voz es extraña.
Las voces no piensan; sólo sienten y crean,
se preguntan y responden,
juegan al juego de las voces distintas.

Una voz dice "nada" y otra voz dice "todo", 
mas no se contradicen.
Una voz quiere ser grave y la otra ligera,
mas no entran en conflicto pues son la misma voz.
"Mientes" se dicen al unísono la una a la otra:
"Tú no suenas como yo."
"A nadie le gusta como hablas."
"Ahora entiendo porque no me escuchan
cuando me suplantas."

Una voz dice "ven" y la otra "aparta";
la primera sirve a su necesidad y la segunda a su arrogancia,
pero ambas son la misma voz.
"¿Cómo estar seguro -se pregunta quien se pregunta-
que, al escucharme preguntar,
soy yo, y no otro, quien hace la pregunta?"
"Y si me doy una respuesta, ¿cómo saber que soy yo,
y no otro, el que responde?"

Una voz dice "blanco" y otra voz dice "negro",
o "claro" y "oscuro" -que para el caso es lo mismo.
Lo que uno escucha en su cabeza no es igual
a lo que otros oyen en el aire;
pues saliendo de la cabeza y llegando al aire
la voz se divide y cambia, ya no pide, se limita a exigir
una atención que quizá no merezca ni haya merecido.

La voz creativa debería guardar silencio, decir "silencio",
y concentrarse en su creación.
Pero la voz que siente quiere a toda costa hablar.
No se reconocen, no se gustan, no aprecian su identidad,
pero son la misma voz.


Salvador Alís.



martes, 4 de octubre de 2016

ANÁLISIS POLÍTICO DESACTUALIZADO / SEGUNDA PARTE

ANÁLISIS POLÍTICO DESACTUALIZADO / SEGUNDA PARTE


"El poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra."
Karl Marx.


ADVERTENCIAS PRELIMINARES
Primera: Si un sólo adjetivo pudiera definir al que escribe, ese adjetivo sería "escéptico".
Segunda: No creer en nada no significa no tener un objetivo, ser presa de un impulso, intentar la consecución de un fin, ser creativo.
Tercera: Todo lo que ha sido importante de una u otra manera en la historia, todo lo que ha significado, y por mucho que haya caído en el olvido o, deliberadamente, haya sido ocultado, vuelve cuando tiene que volver, a veces con mayor beligerancia, ímpetu o énfasis, asombrando hasta a los escépticos.
Cuarta: La vida vivida -al menos así lo creía el escritor- hizo a la figura del padre "imperturbable". Hasta que la muerte reclamó el fruto de su semilla, fruto que no había sido mostrado, que no había crecido hacia la luz sino bajo tierra.
Quinta: La frase más simple no será entendida si previamente no se ha enfrentado uno a cientos de miles o millones de frases complejas.
Sexta: La diferencia entre ver y no ver no la establece la posibilidad de la inversión sino el entrenamiento en la observancia de los pájaros que vuelan tan alto, tan lejos (Samuel Beckett).
Séptima: Jamás he sido marxista. Pero no lo he sido después de leer Das Kapital (escrito por Marx en colaboración con Engels) y otras obras menores de uno y de otro y de ambos.
Octava: Evaluando conocimientos antiguos, poniendo a prueba mi memoria, hallo a través de los actuales procedimientos de búsqueda esta cita atribuida a Marx:
"...el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro. Y ese pertenecer a otro, es la pérdida de sí mismo."
Novena: Jamás he sido creyente, más bien incrédulo, pero me he confesado ante otros que representaban algo más de lo que a simple vista podía verse. Confesar y confiar es un error histórico, lo que puede apreciarse "históricamente", es decir: con el paso del tiempo, en las reflexiones finales.
Décima: Si el escritor es un centro serían necesarios varios dibujos para presentar, mediante esquemas parciales, la totalidad de sus intereses, referencias, relaciones, caminos, otros centros, ocupaciones, problemas, paisajes, argumentos, personajes, partidas pendientes...


Todos los profesores de la Universidad en la que cursé mis estudios eran marxistas; todos menos dos: el profesor de Literatura Española y el profesor de Historia de la Economía. El primero leyó mi primer cuento, titulado "El idiota" (nada que ver ni en la forma ni en el fondo con El idiota de Dostoievski); con el segundo mantuve encendidas discusiones en un aula que recuerdo inmensa, de suelo curvado que se elevaba conforme retrocedía, en la que los profesores solían utilizar micrófonos y altavoces para hacerse oír.

Ya creo haber dicho (o confesado) que nunca he leído nada de Dostoievski. Tampoco leí las novelas que iba publicando mi profesor de Literatura. Quedé con él una tarde, fuera de la Universidad, en un café, para escuchar su opinión y sus críticas a mi cuento. No guardo una memoria fiable de lo que me dijo aquella tarde, pero me aventuro a decir que me animó a corregir, no a seguir escribiendo. Mi cuento (el primero de una serie no muy extensa) trataba de un verdadero idiota que se enamora sensualmente de una mujer y la sigue, en una calurosa tarde de verano, hasta el río donde ella pretendía bañarse, y a la orilla de ese río la mata golpeándole la cabeza con una piedra. Quizá el argumento real variase del expresado, pues el cuento se perdió y lo que uno describe son apenas figuras en la niebla.

A pesar de no haber leído a Dostoievski, el escritor confiesa (o reconoce) que ante su figura literaria siente atracción y fascinación. Utilicé su rostro en un collage, y leí páginas y páginas alrededor suyo, sobre él, su vida, sus novelas y circunstancias. Memorias del subsuelo es una obra que interesa particularmente al escritor (y que se une a El mundo de ayer en su "lista de libros por comprar y leer"). Comienza así:
"Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele. Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además soy extremadamente supersticioso..., lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía. Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud. Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones."

¡"asustar a los gorriones"! -si Dostoievski escribió realmente el párrafo que antecede- ¡qué perfecta manera de describir lo que hace (o consigue hacer) en realidad un escritor!

Sé que no soy un malvado, aunque tal vez sí padezca del hígado. No me cuido como debiera, es cierto, y de ahí podría derivarse la conclusión de que no soy yo, sino mi enfermedad, quien escribe. Tampoco los pueblos, las sociedades, las naciones (el mundo entero) cuidan de su hígado. Y entonces acontece lo que acontece. Pedigüeños y fanfarrones acuden a mí (los conozco tan bien, tan íntimamente) en busca de mi rechazo. Lo ignoro casi todo acerca de su enfermedad, salvo algunas certezas de imposible discusión:
Si en cada hogar humano viviesen tres o cuatro gatos, el mundo mejoraría, ya que los gatos no conocen la maldad y rara vez sufren del hígado. Trasmiten paz, demandan respeto, facilitan la ternura y muestran la forma más simple y eficaz de establecer duraderos vínculos de amor.
Los políticos y los poderosos no tienen hígado, sino una roca cristalina y oscura, insensible y fría.
La parodia que el poder hace de sí mismo (en nuestros días) no es ninguna novedad. Basta ir a los clásicos para constatar que esta comedia ya se representaba en Grecia y en Roma, en China y en Babilonia, en Egipto, en Persia y en Tikal (ciudad de las voces).

Tanto la tragedia como la comedia (véase Nietzsche o Bernhard) utilizan máscaras. Una de las funciones principales de la máscara es distraer, pero también provocar la risa y el miedo. Sólo las máscaras neutras, las máscaras de la calma y el silencio y algunas máscaras Nô, producen otro efecto, pero ese efecto es indescriptible. Si no hay rasgos ni miradas (los ojos se precipitan al fondo de su capacidad de ver), la máscara que nos ve no demuestra ninguna pasión.

El vino que acompaña esta noche al que escribe se llama Lacrimae Rerum. Bien sabe él que está perdiendo la vista, y no obstante aún puede apreciar el rojo claro de su potencia; aún se entrena cada jornada laboral contando las hormigas de una fila, las filas de hormigas de una página, las páginas de un hormiguero..., para adiestrar sus ojos en la indeterminada tarea de escribir.

¿Alguna vez el escritor se ha sentido pedigüeño y fanfarrón? Alguna vez. Pero nunca ha sido ni se ha sentido funcionario. Un hombre libre limitado por sus limitaciones. Frente a la noche y a la profunda libertad de la noche, la Universidad. Al menos obtuvo de ella una bibliografía, un mapa para orientarse en el laberinto de la historia. 

ADVERTENCIA FINAL
Al poderoso César lo mató un simple puñal. Cicerón ofreció su cabeza al Segundo Triunvirato, cuando podía haber elegido abandonar la mediocre encomienda que se hizo a sí mismo (defender lo indefendible: la República y la Democracia) y escribir poemas en alguna villa discreta de alguna discreta isla griega, rodeado de uvas y algún que otro esclavo fiel, quizá una esposa joven, quizá un alumno aventajado. Según Zweig, Cicerón estableció en su tratado De senectute que "un hombre viejo no tiene derecho a buscar la muerte ni a aplazarla." Zweig no siguió su consejo. El que esto escribe, que estudió latín en los cursos quinto y sexto de bachiller -cuando contaba 15 y 16 años-, piensa que la cuestión política es además una cuestión vital.
"Neque turpis mors forti viro potest accedere."
"Ut cum dignitate potius cadamus quam cum ignominia serviamus." 

Salvador Alís.

 



 
  


 



 





sábado, 1 de octubre de 2016

SEZEN AKSU / HERKES YARALI

ANÁLISIS POLÍTICO DESACTUALIZADO / PRIMERA PARTE

ANÁLISIS POLÍTICO DESACTUALIZADO / PRIMERA PARTE

"Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit"
Plauto.

ADVERTENCIAS PRELIMINARES
Primera: Es manía del que escribe mezclar lo personal con lo general. 
Segunda: Aunque se publique lo escrito en esta especie de página pública o libro abierto, el que escribe lo hace siempre para sí, al margen de que los lectores (citados o no) se den por aludidos y crean que les pertenecen las palabras escritas. 
Tercera: El que escribe se parece al que habla en voz alta, aquel que hasta no hace mucho se consideraba un loco (antes de la invención de los teléfonos móviles). 
Cuarta: Mi madre hablaba con frecuencia en voz alta, estando a solas. Yo hago lo mismo. ¿Herencia? 
Quinta: Todo aquí es subjetivo. Esto no es un ensayo documentado. No soy especialista en nada y en todos los campos hago trampas, pues mi objetivo es cazar (no con el mínimo esfuerzo pero sí con la mayor ventaja). 
Sexta: La entrada titulada Análisis político desactualizado también podría titularse -los títulos importan tanto como los nombres- Lecciones de historia antigua. Desactualizar y desubicar. 
Séptima: Las únicas fuentes originales a tener en cuenta son: Plauto y Cicerón, en este orden. Pero si se pretendiera entender a Plauto en toda su compleja sencillez, y a Cicerón en toda su sencilla complejidad, mejor leer a Zweig. 
Octava: Acabar abruptamente es otra manía del que escribe. Lo dicta la falta de tiempo y el gusto por la elípsis.

A ciertos libros se llega tarde (imposible leer todo lo que uno quisiera leer en el momento adecuado), pero en ocasiones vale la pena llegar. Esto me ha sucedido con Momentos estelares de la humanidad. El primer capítulo -o miniatura-, dedicado a Marco Tulio Cicerón, ha sido tan sugerente, tan estimulante, tan revelador que no he podido eludir preguntarme por qué su lectura me fue negada diez, veinte o cuarenta años atrás. 

De Stefan Zweig sólo contaba en mi haber con cuatro obras: dos leídas en mi juventud, Carta de una desconocida y Veinticuatro horas en la vida de una mujer -que no recuerdo-; una leída no hace mucho, Novela de ajedrez; y otra comprada hace poco, Amok o el loco de Malasia -que aún no he leído. A destacar que Zweig se suicidó aproximadamente a la misma edad que yo tengo ahora. 

Y ahora comprendo la altura del escritor, su magistral escritura, su extenso e intenso periplo vital y su conflicto. El deseo irrefrenable de comprar y leer su autobiografía, El mundo de ayer. Sumergirme en esos momentos estelares me ha hecho recordar mis estudios universitarios, seis años en la Facultad de Filosofía y Letras, una carrera inacabada cuya culminación habría de ser el conocimiento de nuestra Historia Contemporánea, y que no alcanzó el éxito esperado ni el título que hubiera correspondido, aunque sí hubo muchos logros parciales, pequeñas conquistas en las diversas etapas del camino que, en resumidas cuentas, constituyeron por sí mismas una meta, una sabiduría. 

Tal sabiduría -la interpretación de mis conocimientos históricos- puede sintetizarse en la cita, tantas veces citada: "Lupus est homo homini". Cuando abandoné mis estudios oficiales, lo tuve claro; hoy en día -más si cabe-, lo tengo claro. Manifestar que, durante aquel período, intenté compaginar la Universidad y la noche, los libros y la vida nocturna, es decir: la historia antigua y la realmente contemporánea, algo que en esencia no ha variado con el paso de los años. Puesto que no pude o no quise acceder a la facultativa contemporaneidad, lo compensé con el hecho y el provecho de vivir el presente, mi presente, la claridad que entonces me ofrecían las noches, de más efectiva didáctica que los días -tal como ha venido sucediendo desde aquellos lejanos tiempos. 

Por si acaso se entiende mejor, diré por ejemplo que las noches de 1976 y las noches de 2016 son los extremos del círculo que en este futuro se está cerrando. Y que la misma sabiduría que ya fue extraída -de los libros y las noches de antaño- me habla en este mismo instante por medio de las palabras de Zweig referidas a Cicerón: 
"El maestro de la justicia terrena ha aprendido por fin el amargo secreto del que al fin y al cabo acaba enterándose todo aquel que se dedica a la actividad pública. Que a la larga no se puede defender la libertad de las masas, sino únicamente la propia, la libertad interior." (op. cit. Acantilado. 2011. p. 16.) 

Si yo he deseado ser Cicerón o Julio César, no lo sé. Pero al igual que ellos, al igual que la suma de su antagonismo, es innegable que he tenido frente a mí a Bruto y a Casio -los asesinos-, a la dictadura y a la democracia, a la decepción y al exilio, la difícil elección entre vida pública y privada. Pero lo que acontecerá más tarde, por no haber terminado el capítulo, no puedo desvelarlo todavía. 

Cuando no conoce al otro, el hombre no es hombre, sino lobo para el hombre. Algo así vino a decir Plauto (que también pudo vivir poco más de sesenta años), y al que quizá -no en su tiempo, pero sí ahora- se le pudiera objetar que el conocimiento del otro (de cualquier otro: ya sea humano, animal, ser natural o artificial) no le impide al hombre actuar como lobo cuando por medio de esa actuación, y con la supremacía del conocimiento, obtiene beneficio para sí mismo. 

Por más que algunos pretendan que la Historia es una línea que progresa hacia el infinito, se equivocan. Ni tan siquiera es una espiral en desarrollo fuera de su proyección; es a lo sumo un movimiento confuso y cerrado que da vueltas sobre un eje que se ignora. Los avances en cualquier disciplina, incluso los anunciados viajes a Marte en ochenta días, no son nada comparados con las irreparables coincidencias históricas. La defensa de la democracia y la república romana, el advenimiento de un César, el alejamiento de un Cicerón, su regreso, su alejamiento otra vez, sus convicciones ("Que otros defiendan  los derechos del pueblo, al que las luchas de gladiadores y los juegos le importan más que su propia libertad." op. cit. p. 13), se repiten sin cesar al igual que los movimientos forzados de las últimas piezas -reyes y acompañantes- en una partida que acabará en tablas.

Cuando uno resbala por una pendiente muy resbaladiza, y lo único que le preocupa, que ve o atina a ver, es su propio resbalar inevitable, su propio miedo y espanto ante lo que parece estar sucediendo, el fondo insondable donde finalmente caerá, el estrellamiento contra un duro final que le cause la muerte o la parálisis, entonces, la incapacidad de ver o descubrir su salvación es manifiesta: no percibirá las oquedades, los salientes, las rocas, las grietas, los arbustos y demás elementos que existen en la pendiente, a los que podría sujetarse para detener la caída, reposar unos minutos (unas horas, unos días), recobrar el aliento, la fuerza, y volver a subir hasta el lugar del tropiezo y el contratiempo.

La lectura del capítulo sobre Cicerón -que se cansó de huir (o de vivir)- y ofreció su cabeza al triunvirato formado por Antonio, Lépido y Octavio, ha sido concluida. Su reflexión incluirá alguna demora. Así se articula la vida actual: el puñal describe su arco mortal en una décima de segundo, el cesarismo sucede cuando existe un César, la soberbia del poder se alza sobre el conformismo de la plebe, la democracia sólo fue un sueño del espíritu cuando el espíritu se encarnó -por ejemplo- en un Cicerón adormilado bajo la sombra de un olivo en una colina romana.

ADVERTENCIA FINAL
El que escribe, escribe para conocerse a sí mismo. Con cada idea, cada frase que surge de no se sabe dónde, se produce un reencuentro, una iluminación sobre lo que de él permanecía oscuro. Mis estudios universitarios (limitados por la vida vivida), en cuanto a la pura Historia se refieren, se sucedieron en este orden, a lo largo de seis años: Prehistoria, Historia Antigua, Historia Medieval, Historia Oriental, Historia Moderna e Historia Contemporánea. Pero eccum hac que ninguno de mis profesores tuvo la necesaria visión de futuro para mostar (o cuanto menos inducir a la lectura) a sus alumnos (incluido yo mismo) las "filípicas" de Cicerón (a su vez inspiradas en las "filípicas" de Demóstenes), y por eso ahora, a un mes y trece días de cumplir 61 años, el que escribe siente una gran curiosidad por leer y unir, por aplicar aquellas Lecciones de historia antigua a la realidad actual. El Imperio Romano cayó y Grecia fue consumida por su propio pensamiento. Y hasta las murallas de Bizancio (o Constantinopla) no resistieron al ímpetu del joven Mehmed II, a los malos presagios, al gran cañón, a los jenízaros y sus escaleras, a la furia y su determinación. En todo caso, nada comparable con lo que sucedió mucho después: I y II Guerra Mundial (saltando en el tiempo conquistas, exterminios y revoluciones) y esta Europa que se pudre, herida de muerte tras haber eliminado al lobo real para ser ella misma su propio lobo imaginario. 

Salvador Alís.