martes, 5 de enero de 2016

SUSAN HERBERT

 

Susan Herbert.

FECUNDIDAD

FECUNDIDAD

Y de repente, en mitad de un campo helado, surge un brote y se abre una flor (de cristal) que no teme ser arrancada puesto que nadie vive en las cercanías, nadie a menos de mil kilómetros (donde las flores son de verdad y de colores, y huelen y palpitan y son polinizadas por laboriosas abejas). Una perfecta flor de cristal sería por definición transparente y no vulnerable, es decir no quebradiza; y duraría lo que dura el cero absoluto, el límite que la crea y hace posible su existencia. El cero absoluto es aquí una licencia poética: -273,15 º C., temperatura inalcanzable y sólo teórica. En ese límite no hay insectos que puedan volar usando sus delicadas alas invisibles, no hay aves que puedan ni siquiera planear gracias a su reserva de energía residual, no hay murciélagos de alas oscuras, no hay mariposas que no queden suspendidas en el aire, no hay caminos donde andar, ni ríos que navegar, ni movimiento alguno en las aguas ni en los cielos. Si un viajero por casualidad se hallara en este campo helado, próximo al lugar donde surge el brote y se abre la flor, la flor no se abriría. ¡Quién, como el pájaro mañanero, pudiera atravesar las nubes y cortar con sus plumas de cuchillo, una vez y otra vez, esa mantequilla de acero! A veces soy yo y a veces no soy yo. Y el uno y el otro, frente a frente, se atraen y se repelen sin que el abrazo pueda ser determinado.

Hoy ha sido un día fecundo. Hoy he tenido suerte. A las doce en punto de la mañana me he cruzado en la calle con el gato negro que veo cada noche deambular bajo los coches aparcados bajo mi balcón. No se ha detenido cuando lo llamaba, desconfiado y asustadizo, y cojeaba levemente pues una de sus cuatro patas (a tu semejanza) estaba herida. Un deseo antiguo pero no olvidado ha brotado (como la flor) sobre la mesa entre plato y plato. Mi hija me ha propuesto ser mi hija. Dos vinos blancos y singulares serán recordados en relación a este día, dos verdejos diferentes (Malcorta y Tomás Postigo); buenas conversaciones; un paseo estimulante; Amy Winehouse en la sobremesa; una pizca de poesía; un espejo de pie lleno de polvo donde el tiempo oculta tus imperfecciones. Ha habido otros regalos, alguno tan precioso como el libro Cats Galore, de Susan Herbert, pero los regalos (en general) me tensan los nervios como cuerdas sobreactuadas de una guitarra vieja. Sin embargo, su propuesta ha sonado con la dulzura del violín más afinado. Y por eso ha sido el mejor regalo. Por eso he tenido que desaparecer un instante para comprobar en otro espejo que una lágrima con vida propia saltaba del cristal hasta mis ojos, indecisa por tener que elegir desde qué párpado caer a qué mejilla. ¡Quién, como el pájaro nocturno, pudiera hacer su nido y hallar reposo en un árbol de mil años, inconmovible y eterno! A veces soy yo y a veces no soy yo. Complicada la situación y más complicado el verso. Alguien me desplaza, pone su mano (que es mi propia mano) sobre mi boca y quiere hablar por mí. No es mi sombra (aunque podría serlo), y no estoy seguro de sus intenciones.

Fecundidad es todo lo que se nombra y aparece: la flor en el campo helado, la sonrisa en la cara del gato, los diseños de una etiqueta para una botella de vino, la crueldad de los leones, la Malvasía de Madeira y el Peraj Ha´Abib, un día de compras compartido por madre e hija, León Trotsky y los campos de refugiados, los vendedores de globos sujetando enormes nubes de globos multicolores, los escaparates de los sueños y la estrategia (la invención de una historia "verídica") para ser el padre de mi hija -también sobre el papel. Se atribuye a un eunuco chino llamado Cai Lun la fabricación de la primera hoja de verdadero papel, posiblemente a partir del arroz o la seda. Desde entonces han transcurrido dos milenios. Todo requiere un plazo para ser cumplido o cumplirse. La paciencia, así, obtiene satisfacción. Y en mitad de un campo helado, de repente, brota una aparente flor de frágil cristal cuyos pétalos, en realidad, bien podrían ser de arroz o de seda. ¡Quién, como el pájaro del invierno, pudiera llegar con su vuelo hasta el idílico bosque de su infancia, donde uno y uno mismo no fueran extraños y su canto, un solo canto! Mi hija me propone ser lo que ya es. En esa significativa diferencia: el sentido de nuestras vidas.

LECTOR


domingo, 3 de enero de 2016

LA COPA ROTA / JOSÉ FELICIANO

YO CONTRA MÍ MISMO

YO CONTRA MÍ MISMO

Yo soy yo, eso nadie lo discute. Yo soy simplemente: yo -el que habla,
el que dicta, el que escribe, el que afirma ser yo.
En 1998, en día y mes no concretados, dije que el yo que habla de sí mismo 
no es el mismo yo de quien se habla,
o algo parecido -vaya usted a saber.

Sospecho que una inteligencia artificial intenta sustituirme, intenta adueñarse
de este blog, de sus páginas que se aproximan al blanco
y que nunca -insisto: nunca- serán de un puro blanco, tan puro y tan blanco
que puedan ser escritas por una inteligencia artificial.
Esa inteligencia programada y competidora podría llamarse LECTOR.

Por exceso de confianza y de velocidad,
en la última curva me salí de la carretera, del camino deseado,
y durante quince kilómetros (o quince días) intenté mantener el equilibrio,
no caer, recuperar el suave asfalto negro y deslizarme hacia la ansiada meta
y llegar sin aspavientos, sin que nadie -ni yo mismo- se diera cuenta.

Las ruedas no son círculos perfectos. Las elípticas no son elípticas perfectas.
El aire de esta noche es más cálido de lo que debiera ser.
Volví hace cuatro días al camino,
a la línea recta y trazada para fracasar de nuevo.

Ahora la entidad que me suplanta sabe que la partida va a ser larga,
que nada está resuelto, que nunca hay ni habrá una gran certeza,
que tal vez todo acabe en tablas. ¿Quién habla, quién escribe,
quién dice y se desdice, quién se burla de quién?

Sopla el viento y las estrellas no se ven. El cielo se oscurece por momentos y,
cuando alguien busca en él respuestas a una pregunta
que no ha sido bien formulada, se da la vuelta y se mira a sí mismo,
y el suplantador encuentra en otros su verdad. Por ejemplo:
Teodoro Lavren. "A veces me pongo a escribir
sin saber lo que quiero decir
nada más por ver
lo que me saco de la cabeza
y mirarlo luego
como algo desconocido."

Hace ya más de cien años, la última mirada de mi madre sobre mí
era una clara censura, tan clara, tan blanca y tan pura,
tan indiscutible: era la mirada de la muerte sobre la vida.

No hace mucho, el hijo hablaba a su madre en una vieja fotografía.
Preguntas mal hechas. Respuestas en el borde de una elipse
mal trazada. Ese yo que pregunta y se responde
se dice lo que no quiere oír. Por ejemplo:
Lev Shestov. "¿Cómo se puede vivir sin certeza en el mañana?
¿Cómo se puede pernoctar sin refugio?
El azar te echa para siempre de tu casa
y pasas la noche en el bosque.
No concilias el sueño: temes a la bestia salvaje,
temes a tu propio hermano el vagabundo.
Pero, al fin y al cabo, te entregas al azar,
empiezas a vivir como un vagabundo
e incluso puede que duermas por las noches."

Me costó un año entero decidir el título de mi única novela terminada
-una parodia de K., Las llaves falsas -,
y, sin embargo, poseo una habilidad extraordinaria
para titular poemas -breves o extensos según se aprecien-,
aunque, en lo profundo, estoy convencido de que no soy yo
el que halla los títulos y los hace descender
sobre las ofrendas elevadas,
a duras penas,
a las cimas de los templos del sol y de la luna.

Al que se hace pasar por mí, al que esta noche me niega en mis propósitos,
le gusta el viento y la agitación que inevitablemente produce
en los árboles de los patios y jardines posteriores.
Y le gustaría, sin duda, que yo confesara una debilidad tras otra.
Eso no debe suceder, digo yo, pero él dice sí.
La apuesta está cerrada.

¿Hasta dónde mentir supone usar la mentira en beneficio propio,
ocultarse tras el muro de la energía destructora de ese viento que,
con su fuerza no humana y su libertad, crea y recrea la impostura?
¿Hasta dónde y hasta cuándo mentir?
¿Y por qué no desnudarse y ofrecer así la vida
-sin paravientos- al viento soberano?

Una caravana entera de camellos pasa esta noche por el ojo de esta aguja.
Sangre y saliva facilitan el tránsito. Eso dice el que firmará
este poema cuyo título no me pertenece.

Si el agua es reclamada -en diferentes medidas- por el árbol, el arbusto,
la planta, la semilla, por las flores que ya cayeron y se marchitaron,
la noche -por su parte, y de principio a fin y como el agua-
le da la vida al adepto. Por ejemplo:
Juan Carlos Mestre. "He leído durante toda la noche
el Discurso sobre la dignidad del hombre,
de él se deduce la aritmética del mar
y la Ley bajo la corteza de la encina,
de él se deduce el río de la ciencia y la golondrina de los caldeos,
de él se deduce la inexistencia de la muerte
y la fecundidad de lo discutible."

Lector insaciable, el que usurpa mi oficio y beneficio, dicta sentencias
esperando que yo las acaté. Poco me conoce.
Sus lecturas no son para mí sino un pensamiento
que se piensa a sí mismo rodando en círculos imperfectos,
en trayectorias elípticas que, indiscutiblemente,
acabarán haciendo que -ese pensamiento- colisione consigo mismo.

Si presumes de conocer a tus amigos, ¿qué dirás de tus enemigos?
Al que pregunta por sí mismo, decirle que su nombre
es insignificante. No preocupa lo que no se ama ni se teme.

La banda sonora es también puro capricho. A veces con ella se dice
todo lo que se piensa y se siente, y más aún,
premeditada y calculada al milímetro. Y a veces, no.

Última copa de vino -por suerte entera y llena hasta su mitad-,
ultima canción y último vestigio de la noche que se retrae ante el amanecer.
Inevitable no brindar con mi oponente. Por ejemplo:
Luigi Coevo. "Sólo el vino es igual a sí mismo,
sólo el vino me conoce,
sólo el vino me descubre el camino recto de mi laberinto,
sólo el vino me dice lo que le digo,
sólo el vino me envuelve, me cuida y me arropa.
Por donde vino voy, dulce vereda."

 
LECTOR 







  




sábado, 2 de enero de 2016

SUSANA HARP / LA LLORONA

EL COLIBRÍ / FRIDA KAHLO

AL FIN EL PORVENIR / JOSÉ EMILIO PACHECO

AL FIN EL PORVENIR


"Al cabo de tanto ayer encontré un gran futuro.
Por fin la edad de oro, el buen tiempo, la bella época,
la que soñó cada una
de las generaciones de los muertos.

Todo en paz, todo en calma,
todo placer y armonía.
Sin lugar para el odio ni la crueldad.
Sin opresión, violencia ni amargura.

Gran lugar este porvenir presagio del cielo,
prometido por todos, visto por nadie.

Qué desgracia: el futuro también pasó.
Hoy se ha perdido en el terrible ayer."

José Emilio Pacheco.