Media Europa dice que Grecia nos debe miles de millones. Miles de millones de kilómetros nos separan de Plutón y, después de un viaje de nueve años y medio, a cincuenta mil kilómetros por hora, nos enfrentamos al dios del inframundo mediante nave espacial interpuesta. Los colores de Plutón no se ven claros desde la Tierra.
Gobernantes de cartón piedra y de hojalata, inversores y mercados, banqueros aficionados, el FMI, el Bundesbank, el BCE, Obama y Putin, opinadores de oficio y el más tonto de los ministros..., muchos son los que se permiten adoctrinar y exigir: que Grecia devuelva lo prestado, con intereses, por supuesto.
De acuerdo. Que Grecia pague lo que tenga que pagar. Pero otra cuestión es definir lo que nosotros le debemos a Grecia.
¿Cómo calibrar entonces lo que vale un Parménides, un Heráclito, un Zenón, un Epicuro? ¿Qué peso económico han tenido en nuestra historia la Escuela Jónica, la Cínica, la Cirenaica? ¿En cuánto se valora el tonel de Diógenes de Sínope? ¿Qué pensión les debemos ad eternum a Platón, Aristóteles, Demócrito, Pitágoras? ¿De qué forma compensaremos a Hiparquía por no haberse dedicado a sus labores? ¿Y en cuánto valoramos a Anaximandro, Anaxágoras y Anaxímenes? ¿Y que decir de Protágoras y de Arístipo, del mismo Sócrates, maestro de maestros? ¿Qué debieramos pagar por el método de las sombras de Tales de Mileto? ¿Y los dioses del Monte Olimpo -el luminoso-, qué valor tendrían en la actualidad, considerando el tiempo pasado y su influencia?
Europa entera debería pagar a los descendientes de Sócrates el valor del gallo debido a Asclepio aumentado con el IPC correspondiente a los 2414 años transcurridos.
¿Cuánto valdría a día de hoy el Caballo de Troya? ¿Y en qué cantidad podría venderse el Laberinto de Creta?
Le debemos a Grecia gran parte de nuestra luz, la mitad del mediterráneo, las alas de Ícaro y los cuernos del Minotauro. Le debemos la tragedia y la comedia de nuestra Europa, la máscara, el racimo de uvas y la rama de olivo. Le debemos el oráculo. Le debemos el valor, el pensamiento, la democracia.
Varoufakis debió intuirlo en algún momento. La terrible ironía contenida en la exigencia del pago de una supuesta deuda de miles de millones de abstractos valores representados en papel moneda, por parte de los herederos de la cruz gamada.
Supongo que en una reunión de sabios, sentados a negociar, de un lado Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Spengler y Benjamin y, del otro lado, Homero y Ulises, el acuerdo no tardaría en llegar por desprecio unánime a las viles cuestiones monetarias que a nadie enriquecen y a todos hacen esclavos.
miércoles, 15 de julio de 2015
CRITÓN O EL DEBER DEL CIUDADANO
"SÓCRATES: ¿Cómo por aquí a estas horas? ¿No es aún muy temprano?
CRITÓN: Sí.
SÓCRATES: ¿Qué hora será?
CRITÓN: Apenas apunta el alba.
SÓCRATES: Me extraña que el carcelero te haya dejado pasar.
CRITÓN: Es ya conocido mío, con las veces que vengo aquí, y además me debe algún favor.
SÓCRATES: ¿Y llegas ahora o hace rato que estás ahí?
CRITÓN: Hace ya un buen rato.
SÓCRATES: ¿Cómo no me has despertado antes en lugar de estarte ahí sin decir nada?
CRITÓN: Tampoco yo, en tan triste situación, querría que me despertaran. Hace tiempo que estaba admirando la dulzura y tranquilidad de tu sueño, y no he querido despertarte para dejarte que goces en paz de una calma tan profunda. Ya otras muchas veces durante tu vida te he admirado por tu carácter, pero mucho más ahora en medio de tu desgracia, reparando qué fácilmente y con que mansedumbre la soportas.
SÓCRATES: también sería impropio, mi buen Critón, que a mi edad me quejase de que haya que morir.
CRITÓN: Otros a tu edad se quejan, Sócrates, y se irritan contra su suerte cuando se encuentran así, sin que se lo impida la vejez.
SÓCRATES: Verdad es, Critón. Pero ¿qué es lo que te trae tan de mañana?
CRITÓN: Es que vengo a darte una triste nueva; triste, no para ti, por lo que veo, sino para mí y todos tus discípulos. Una nueva triste, abrumadora.
SÓCRATES: ¿Cuál? ¿Será que ha llegado de Delos la nave, a cuyo regreso he de morir?
CRITÓN: No, todavía no; pero parece que debe llegar hoy, según algunas personas que vienen de Sunio y que la dejaron allí. Luego es indudable que llegará hoy, y mañana, Sócrates, tendrás que quitarte la vida.
SÓCRATES: Pues enhorabuena, Critón. Si tal es la voluntad de los dioses, cúmplase. Pero no creo que llegue hoy.
CRITÓN: ¿En que te fundas?
SÓCRATES: Te diré. Yo debo morir al otro día del regreso de la nave.
CRITÓN: Así lo dicen cuando menos los que han de cuidar que la cosa se cumpla.
SÓCRATES: Pues bien, no creo que llegue hoy sino mañana, y creo que mañana, por un sueño que he tenido esta noche poco antes de venir tú. De modo que has hecho muy bien en no despertarme.
CRITÓN: ¿Pues, qué sueño ha sido?
SÓCRATES: Parecíame que una mujer bella, esbelta y vestida de blanco, acercándose a mí, me llamaba y decía: <<Dentro de tres días llegarás a la fértil Phtia>>.
CRITÓN: ¡Qué ensueño más extraño!
SÓCRATES: El sentido de él me parece clarísimo, Critón."
Platón. Critón o el deber del ciudadano. Espasa-Calpe. Madrid. 1982. Pág.: 101-106.
CRITÓN: Sí.
SÓCRATES: ¿Qué hora será?
CRITÓN: Apenas apunta el alba.
SÓCRATES: Me extraña que el carcelero te haya dejado pasar.
CRITÓN: Es ya conocido mío, con las veces que vengo aquí, y además me debe algún favor.
SÓCRATES: ¿Y llegas ahora o hace rato que estás ahí?
CRITÓN: Hace ya un buen rato.
SÓCRATES: ¿Cómo no me has despertado antes en lugar de estarte ahí sin decir nada?
CRITÓN: Tampoco yo, en tan triste situación, querría que me despertaran. Hace tiempo que estaba admirando la dulzura y tranquilidad de tu sueño, y no he querido despertarte para dejarte que goces en paz de una calma tan profunda. Ya otras muchas veces durante tu vida te he admirado por tu carácter, pero mucho más ahora en medio de tu desgracia, reparando qué fácilmente y con que mansedumbre la soportas.
SÓCRATES: también sería impropio, mi buen Critón, que a mi edad me quejase de que haya que morir.
CRITÓN: Otros a tu edad se quejan, Sócrates, y se irritan contra su suerte cuando se encuentran así, sin que se lo impida la vejez.
SÓCRATES: Verdad es, Critón. Pero ¿qué es lo que te trae tan de mañana?
CRITÓN: Es que vengo a darte una triste nueva; triste, no para ti, por lo que veo, sino para mí y todos tus discípulos. Una nueva triste, abrumadora.
SÓCRATES: ¿Cuál? ¿Será que ha llegado de Delos la nave, a cuyo regreso he de morir?
CRITÓN: No, todavía no; pero parece que debe llegar hoy, según algunas personas que vienen de Sunio y que la dejaron allí. Luego es indudable que llegará hoy, y mañana, Sócrates, tendrás que quitarte la vida.
SÓCRATES: Pues enhorabuena, Critón. Si tal es la voluntad de los dioses, cúmplase. Pero no creo que llegue hoy.
CRITÓN: ¿En que te fundas?
SÓCRATES: Te diré. Yo debo morir al otro día del regreso de la nave.
CRITÓN: Así lo dicen cuando menos los que han de cuidar que la cosa se cumpla.
SÓCRATES: Pues bien, no creo que llegue hoy sino mañana, y creo que mañana, por un sueño que he tenido esta noche poco antes de venir tú. De modo que has hecho muy bien en no despertarme.
CRITÓN: ¿Pues, qué sueño ha sido?
SÓCRATES: Parecíame que una mujer bella, esbelta y vestida de blanco, acercándose a mí, me llamaba y decía: <<Dentro de tres días llegarás a la fértil Phtia>>.
CRITÓN: ¡Qué ensueño más extraño!
SÓCRATES: El sentido de él me parece clarísimo, Critón."
Platón. Critón o el deber del ciudadano. Espasa-Calpe. Madrid. 1982. Pág.: 101-106.
martes, 14 de julio de 2015
EN EL CIRCO
EN EL CIRCO
Se producen movimientos estratégicos en el circo, el payaso principal
quiere ser el nuevo domador de leones. Los tres enanos quieren ser,
respectivamente y según su altura y su coraje: un gigante, un boxeador con la ceja rota
y un seductor imbatible. Entre las jaulas circula cierta inquietud.
El trapecista sufre de repente ataques de vértigo y renuncia a las alturas;
sobre un pony castaño y blanco estaría sin duda más cómodo, dando vueltas
al círculo de arena bajo la carpa, no lejos del suelo.
El elefante gordo se derrumba con cualquier excusa. El que se negaba a sí mismo
ahora se afirma. El negro se vuelve blanco. Aplauden los niños y asoman
su hocico alargado las ratas malolientes por los agujeros del telón de fondo.
Hipócritas soplan trompetas. Amilanados se juntan en la trastienda. Esas voces
femeninas y hormigables, esas voces que conspiran en el circo,
junto a los olivos de la medianoche y la luna llena.
Un relojero con dedos insensibles quiere darle cuerda a mi reloj, mover
las manecillas, indicarme el camino. ¡Qué poco me conoce -pienso-
mientras me sirvo la tercera o la cuarta o la quinta (he perdido la cuenta)
copa de Leopard frente al tigre pintado en la pared!
Una bandera minúscula pintarrajeada con los colores de la envidia y la codicia,
una bandera disputada por las ráfagas de la risa de las hienas.
Habrá días sin circo y sin pan, días de lluvia feroz e inigualables arco iris.
Habrá días y noches donde falten los osos y los gorilas, donde un globo enorme
ruede entre los espectadores, donde este mundo en broma estalle
a la luz de una linterna y yo desaparezca y otros callen... o viceversa.
¡Qué poco me conoce quien me ubica en el circo -movimientos estratégicos
aparte! En este momento me sirvo la primera copa de Zebra y escucho
por trigésima vez el tema Vay que acompaña
los preliminares para la última sesión. Lo que más me gusta:
el complejo salto mortal sin red y ver cómo el viejo contorsionista se mete
en la reducida maleta de mano de cristal. Estoy preparado.
Salvador Alís.
Se producen movimientos estratégicos en el circo, el payaso principal
quiere ser el nuevo domador de leones. Los tres enanos quieren ser,
respectivamente y según su altura y su coraje: un gigante, un boxeador con la ceja rota
y un seductor imbatible. Entre las jaulas circula cierta inquietud.
El trapecista sufre de repente ataques de vértigo y renuncia a las alturas;
sobre un pony castaño y blanco estaría sin duda más cómodo, dando vueltas
al círculo de arena bajo la carpa, no lejos del suelo.
El elefante gordo se derrumba con cualquier excusa. El que se negaba a sí mismo
ahora se afirma. El negro se vuelve blanco. Aplauden los niños y asoman
su hocico alargado las ratas malolientes por los agujeros del telón de fondo.
Hipócritas soplan trompetas. Amilanados se juntan en la trastienda. Esas voces
femeninas y hormigables, esas voces que conspiran en el circo,
junto a los olivos de la medianoche y la luna llena.
Un relojero con dedos insensibles quiere darle cuerda a mi reloj, mover
las manecillas, indicarme el camino. ¡Qué poco me conoce -pienso-
mientras me sirvo la tercera o la cuarta o la quinta (he perdido la cuenta)
copa de Leopard frente al tigre pintado en la pared!
Una bandera minúscula pintarrajeada con los colores de la envidia y la codicia,
una bandera disputada por las ráfagas de la risa de las hienas.
Habrá días sin circo y sin pan, días de lluvia feroz e inigualables arco iris.
Habrá días y noches donde falten los osos y los gorilas, donde un globo enorme
ruede entre los espectadores, donde este mundo en broma estalle
a la luz de una linterna y yo desaparezca y otros callen... o viceversa.
¡Qué poco me conoce quien me ubica en el circo -movimientos estratégicos
aparte! En este momento me sirvo la primera copa de Zebra y escucho
por trigésima vez el tema Vay que acompaña
los preliminares para la última sesión. Lo que más me gusta:
el complejo salto mortal sin red y ver cómo el viejo contorsionista se mete
en la reducida maleta de mano de cristal. Estoy preparado.
Salvador Alís.
lunes, 13 de julio de 2015
domingo, 12 de julio de 2015
EL TIGRE / PABLO NERUDA
EL TIGRE
Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.
El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges.
Espero.
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.
Pablo Neruda.
Soy el tigre.
Te acecho entre las hojas
anchas como lingotes
de mineral mojado.
El río blanco crece
bajo la niebla. Llegas.
Desnuda te sumerges.
Espero.
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
Y me quedo velando
por años en la selva
tus huesos, tu ceniza,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil, lejos
del odio y de la cólera,
desarmado en tu muerte,
cruzado por las lianas,
inmóvil en la lluvia,
centinela implacable
de mi amor asesino.
Pablo Neruda.
POEMA DE LA MONEDA DEL GATO DE ANGORA
POEMA DE LA MONEDA DEL GATO DE ANGORA
Soy el gato encerrado en la moneda bimetálica de una lira turca. Soy el gato
dorado y plateado que ha de sobrevivir al tigre y al león, a la pantera y al leopardo.
Ruedo de mano en mano porque la vida libre se reduce y se extingue,
porque en mi celda perfecta todos quieren entrar, porque mi tacto amarillo ahuyenta
a las abejas y mi relieve es seda fría. Ruedo de mano en mano
y en cada piel dejo mi huella, mis ojos sin pupilas, mi ambición extrema.
Soy el gato que no duerme y no bosteza, el gato de siete mil vidas, el inmortal.
Soy el felino mejor adaptado a tu mente, el que odia las órdenes
y ama las simples cuerdas y los tapones de corcho y las bolas de alambre.
De todo juego soy el único intérprete y, tantas veces, el único jugador, el que escribe
las reglas, el que incumple las reglas. No me gusta que nadie me diga
lo que debo hacer. Por eso, a su tiempo. Por eso, después.
En todo juego, círculo, arena y verano,
deberás entender que yo soy el gato encerrado.
Salvador Alís.
Soy el gato encerrado en la moneda bimetálica de una lira turca. Soy el gato
dorado y plateado que ha de sobrevivir al tigre y al león, a la pantera y al leopardo.
Ruedo de mano en mano porque la vida libre se reduce y se extingue,
porque en mi celda perfecta todos quieren entrar, porque mi tacto amarillo ahuyenta
a las abejas y mi relieve es seda fría. Ruedo de mano en mano
y en cada piel dejo mi huella, mis ojos sin pupilas, mi ambición extrema.
Soy el gato que no duerme y no bosteza, el gato de siete mil vidas, el inmortal.
Soy el felino mejor adaptado a tu mente, el que odia las órdenes
y ama las simples cuerdas y los tapones de corcho y las bolas de alambre.
De todo juego soy el único intérprete y, tantas veces, el único jugador, el que escribe
las reglas, el que incumple las reglas. No me gusta que nadie me diga
lo que debo hacer. Por eso, a su tiempo. Por eso, después.
En todo juego, círculo, arena y verano,
deberás entender que yo soy el gato encerrado.
Salvador Alís.
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