viernes, 19 de septiembre de 2014
miércoles, 17 de septiembre de 2014
CÁSSIA ELLER / JE NE REGRETTE RIEN
Cássia Eller (Río de janeiro 1962-2001), cantante y guitarrista.
Sólo se le atribuyen dos composiciones propias: "Elles" y "O marginal",
pero interpretó canciones de otros compositores brasileños
y hasta de Jimi Hendrix y Edith Piaf (como la versión que aquí se incluye).
Lesbiana, alcohólica y drogadicta (?),
murió a los 39 años a causa de tres infartos consecutivos.
Su voz grave y desgarrada dice mucho de ella.
THOMAS BERNHARD / EN LAS ALTURAS
"...es un hecho que lo que decimos y escribimos es diez veces más estúpido que lo que pensamos y, no obstante, nos aventuramos, como los grandes escritores, a parecer mucho más necios de lo que somos y caemos en la necedad de decir cosas, escribirlas, expresar una opinión, defender una tendencia, interceder en favor de un pensamiento..."
Thomas Bernhard. En las alturas.
En los últimos siete días, relectura compulsiva y obsesiva de Conversaciones con Thomas Bernhard de Kurt Hofmann y Thomas Bernhard, un encuentro de Krista Fleischmann. Mejor el primero que el segundo. Las páginas propias en un segundo o tercer plano, distanciándose de mí hasta parecer ajenas. Así duermo mejor, los somníferos relegados a un cajón de la mesita de noche, el antifaz acumulando polvo y ácaros e hilos de plata. Una dulce ironía y una determinante seriedad impregnando las tardes, soportando altas temperaturas y humedad como si nada. Y mientras tanto: me desprendo de la culpa como de los últimos jirones de un traje ya muy usado donde la tijera de la experiencia ha hecho de las suyas. Hablar y escribir sabiendo que todo esto nunca estará a la altura del pensamiento, y que el pensamiento sólo balbucea ante los sueños. Así duermo mejor y mis crímenes quedan impunes.
Habrá que empezar de nuevo. Siempre hay que empezar de nuevo cuando un final se aproxima.
Thomas Bernhard. En las alturas.
En los últimos siete días, relectura compulsiva y obsesiva de Conversaciones con Thomas Bernhard de Kurt Hofmann y Thomas Bernhard, un encuentro de Krista Fleischmann. Mejor el primero que el segundo. Las páginas propias en un segundo o tercer plano, distanciándose de mí hasta parecer ajenas. Así duermo mejor, los somníferos relegados a un cajón de la mesita de noche, el antifaz acumulando polvo y ácaros e hilos de plata. Una dulce ironía y una determinante seriedad impregnando las tardes, soportando altas temperaturas y humedad como si nada. Y mientras tanto: me desprendo de la culpa como de los últimos jirones de un traje ya muy usado donde la tijera de la experiencia ha hecho de las suyas. Hablar y escribir sabiendo que todo esto nunca estará a la altura del pensamiento, y que el pensamiento sólo balbucea ante los sueños. Así duermo mejor y mis crímenes quedan impunes.
Habrá que empezar de nuevo. Siempre hay que empezar de nuevo cuando un final se aproxima.
viernes, 12 de septiembre de 2014
LA RESPONSABILIDAD
LA RESPONSABILIDAD
Hace cuarenta años yo quería cambiar el mundo; hoy sólo espero que el mundo no me cambie a mí. Muy pronto me di cuenta de que el mundo estaba lleno de idiotas controlados por idiotas, pueblos enteros donde la idiotez era la norma y la costumbre, ciudades saturadas de idiotas atareados como si la vida fuese una premura insoslayable.
Crecí en un valle dominado por montañas y un castillo. Y después de muchos años y azares y lances he conseguido alcazar la colina donde ahora, a duras penas, me mantengo en pie. El castillo, a lo lejos, me sigue incomodando con su antigua inaccesibilidad. Y las montañas, alguna vez conquistadas, no cesan ante mis ojos de petrificar el tiempo.
Al final, me cansé de bajar tantas veces la escalera hasta la planta baja, descender desde mi colina hasta el valle sin resultado. He tratado de convivir con los que planifican su vida en la llanura, entender a los que no contemplaron nunca el castillo como amenaza ni las montañas como desafío.
No me gustaba el mundo entonces y no me gusta el nuevo mundo. No me gusta la trayectoria ni el vehículo. Ingenuamente pensaba que cada hijo superaría a sus padres, que Diógenes de Sinope no nacería en vano, que cada generación aprendería de su origen para mejorar su continuidad.
Pero qué inútil esperanza. La responsabilidad siempre es ajena. La vida es muy breve y nadie se preocupa por lo que sucederá mañana.
Se tienen hijos, se elaboran proyectos, se planifican acciones y, algunas veces, se sueña en colores. De nada sirve porque, evidentemente, el mundo no mejora.
No se aprende de los errores, esa lección es la más difícil. Se prefiere la confesión de los pecados y la absolución para que todo continue igual.
Encontré a mi hija ya hecha, ternura y belleza irresistibles. Pero si hoy tuviera que elegir, si de mí dependiera que otra vida creciera en otro valle dominado por montañas y un castillo, ¡que complicada decisión!
Si cada padre y cada madre, si cada sabio y cada estadista, si cada místico y cada héroe, si cada santo y cada pensador y cada artista hubieran logrado su objetivo -dejar un mundo mejor a sus descendientes-, este mundo sería otra cosa. No lo es. Se trata de la misma depresión, o una depresión aumentada, bajo el mismo castillo alzado sobre el valle, aun en ruinas.
A los idiotas ¿qué se les puede pedir? ¿Qué se puede esperar de los egoístas? ¿De un mundo donde la masa se mueve por impulsos políticos y banderas que no pueden ondear al viento porque su rigidez es endémica?
Los cerebros y las tortugas de Jean Fabré, hoy, en el Palacio de la Lonja, desafían al castillo y hablan a los idiotas sabiendo que ni el castillo se dará por aludido ni los idiotas van a enterarse de nada.
Cerebros y tortugas en marmol de Carrara, ideas acotadas.
La responsabilidad de los intelectuales, eso es un lugar común; de los artistas, como si los artistas fuesen responsables de un loco mundo de adultos enajenados; de los poetas, como si los poetas conocieran siempre la verdad.
La responsabilidad de los poetas es otra, "llevar las palabras al límite, pintar perspectivas, sugerir visiones, ayudar a otros a salir de sí mismos... y eso los redime."
Cuarenta años despues de pretender cambiar el mundo me sigo preguntando si vale la pena cambiar el mundo. Me he convertido en lo que soy. Me he cansado de bajar la escalera. Saludo a la vida que surge hoy y me desplaza, a la vida que me empuja y me sustituye.
Sí, todavía se puede desafiar al castillo, porque el castillo todavía permanece en su altura igualando a las montañas.
Si por este impulso, en esta noche, estuviera yo en lo cierto y la única responsabilidad de todos fuese el amor, ¿de qué nos valdría decirte que te quiero?
Los idiotas abarrotan el mundo y controlan el mundo. Responsabilidad de cada uno es prosperar en inteligencia. Pero ¿qué puede la inteligencia ante el amor?
Nuncan se formulan preguntas definitivas. Las respuestas, a veces, lo son. Todo necesita a su contrario para ser.
Pasado el tiempo de las preguntas y las respuestas, ¿me redimirán estas líneas escritas contra la superficialidad y el castillo, desde mi conquistada colina, aunque haya tomado ya la decisión de no volver a bajar las escaleras y contemple el valle condescendiente y, a la vez, altivo? Pasado el tiempo, hablarán los hijos y los hijos de nuestros hijos, y hablará el tiempo con su boca torcida por una ironía incontestable.
¿Quién nos escuchará entonces?
Hace cuarenta años yo quería cambiar el mundo; hoy sólo espero que el mundo no me cambie a mí. Muy pronto me di cuenta de que el mundo estaba lleno de idiotas controlados por idiotas, pueblos enteros donde la idiotez era la norma y la costumbre, ciudades saturadas de idiotas atareados como si la vida fuese una premura insoslayable.
Crecí en un valle dominado por montañas y un castillo. Y después de muchos años y azares y lances he conseguido alcazar la colina donde ahora, a duras penas, me mantengo en pie. El castillo, a lo lejos, me sigue incomodando con su antigua inaccesibilidad. Y las montañas, alguna vez conquistadas, no cesan ante mis ojos de petrificar el tiempo.
Al final, me cansé de bajar tantas veces la escalera hasta la planta baja, descender desde mi colina hasta el valle sin resultado. He tratado de convivir con los que planifican su vida en la llanura, entender a los que no contemplaron nunca el castillo como amenaza ni las montañas como desafío.
No me gustaba el mundo entonces y no me gusta el nuevo mundo. No me gusta la trayectoria ni el vehículo. Ingenuamente pensaba que cada hijo superaría a sus padres, que Diógenes de Sinope no nacería en vano, que cada generación aprendería de su origen para mejorar su continuidad.
Pero qué inútil esperanza. La responsabilidad siempre es ajena. La vida es muy breve y nadie se preocupa por lo que sucederá mañana.
Se tienen hijos, se elaboran proyectos, se planifican acciones y, algunas veces, se sueña en colores. De nada sirve porque, evidentemente, el mundo no mejora.
No se aprende de los errores, esa lección es la más difícil. Se prefiere la confesión de los pecados y la absolución para que todo continue igual.
Encontré a mi hija ya hecha, ternura y belleza irresistibles. Pero si hoy tuviera que elegir, si de mí dependiera que otra vida creciera en otro valle dominado por montañas y un castillo, ¡que complicada decisión!
Si cada padre y cada madre, si cada sabio y cada estadista, si cada místico y cada héroe, si cada santo y cada pensador y cada artista hubieran logrado su objetivo -dejar un mundo mejor a sus descendientes-, este mundo sería otra cosa. No lo es. Se trata de la misma depresión, o una depresión aumentada, bajo el mismo castillo alzado sobre el valle, aun en ruinas.
A los idiotas ¿qué se les puede pedir? ¿Qué se puede esperar de los egoístas? ¿De un mundo donde la masa se mueve por impulsos políticos y banderas que no pueden ondear al viento porque su rigidez es endémica?
Los cerebros y las tortugas de Jean Fabré, hoy, en el Palacio de la Lonja, desafían al castillo y hablan a los idiotas sabiendo que ni el castillo se dará por aludido ni los idiotas van a enterarse de nada.
Cerebros y tortugas en marmol de Carrara, ideas acotadas.
La responsabilidad de los intelectuales, eso es un lugar común; de los artistas, como si los artistas fuesen responsables de un loco mundo de adultos enajenados; de los poetas, como si los poetas conocieran siempre la verdad.
La responsabilidad de los poetas es otra, "llevar las palabras al límite, pintar perspectivas, sugerir visiones, ayudar a otros a salir de sí mismos... y eso los redime."
Cuarenta años despues de pretender cambiar el mundo me sigo preguntando si vale la pena cambiar el mundo. Me he convertido en lo que soy. Me he cansado de bajar la escalera. Saludo a la vida que surge hoy y me desplaza, a la vida que me empuja y me sustituye.
Sí, todavía se puede desafiar al castillo, porque el castillo todavía permanece en su altura igualando a las montañas.
Si por este impulso, en esta noche, estuviera yo en lo cierto y la única responsabilidad de todos fuese el amor, ¿de qué nos valdría decirte que te quiero?
Los idiotas abarrotan el mundo y controlan el mundo. Responsabilidad de cada uno es prosperar en inteligencia. Pero ¿qué puede la inteligencia ante el amor?
Nuncan se formulan preguntas definitivas. Las respuestas, a veces, lo son. Todo necesita a su contrario para ser.
Pasado el tiempo de las preguntas y las respuestas, ¿me redimirán estas líneas escritas contra la superficialidad y el castillo, desde mi conquistada colina, aunque haya tomado ya la decisión de no volver a bajar las escaleras y contemple el valle condescendiente y, a la vez, altivo? Pasado el tiempo, hablarán los hijos y los hijos de nuestros hijos, y hablará el tiempo con su boca torcida por una ironía incontestable.
¿Quién nos escuchará entonces?
martes, 9 de septiembre de 2014
PARA OLIVIA
"Olivia tiene dos semanas y parece que vaya a hablar."
¿Qué diría Olivia si hablase?
Aunque hemos estado cerca, Olivia no me conoce. Soy
el hermano del padre de su padre.
Y si yo pudiera hablar con ella le diría que
la piel del vientre de su madre estaba tensa, y que su hermana
acariciaba esa piel y pretendía
que sus palabras y sus besos llegaran al borde de los sueños
donde madre e hija se mezclaban.
No me atreví a rozarla y no pronuncié palabras.
El padre del padre de Olivia me descubre como es Olivia.
Y sé que todas esas maniobras entrañan gran amor.
Si yo pudiera hablar con Olivia, en primer lugar, le diría "te quiero".
Es lo que le digo a la vida en general y en particular,
a mis gatas sensibles, a mi hija, a mi mujer, a las semillas
que estuvieron presentes y germinaron en esta vida,
al proceso y el espectáculo de vivir.
Y después, sin duda, le pediría perdón por la responsabilidad
que asumo por el mundo en que Olivia va a crecer.
Cuando Olivia tenga veinte años es posible que el hermano
del padre de su padre ya no esté aquí, y que no pueda decirle
"te quiero" o pedirle perdón por esta herencia contaminada.
Si acaso algún día Olivia pudiera escuchar
le diría que el mundo sigue un camino inexorable, que el sol
parece el mismo cada día, que sus cambios son inapreciables,
y que ella sin embargo tiene un gran poder:
vivir más allá y por delante de su madre y de su padre y del padre
de su padre, y amar y sentir, y acariciar
la tensa piel de su vientre, si llega la ocasión,
y transmitir el mismo amor y las misma palabras
ante el mismo sol.
Por suerte no le faltarán estímulos ni ejemplos: la madre
del padre de Olivia y su gratificante compañía
y su querido corazón.
Y si pueden contener lo inhóspito del mundo venidero
pensar que en él habrá Jimenas y Cármenes y hasta héroes mitológicos.
E imaginar que, por su línea materna, tambien un ovillo de amor
posiblemente habrá tejido su primer vestido.
Y hasta es posible que su padre, sin más, cante para ella su primera canción,
y que Lana acaricie con su lengua las mejillas y la frente
donde se sonroja esta vida.
"Olivia tiene dos semanas y parece que vaya a hablar."
¿Qué diría Olivia si hablase?
Aunque hemos estado cerca, Olivia no me conoce. Soy
el hermano del padre de su padre.
Y si yo pudiera hablar con ella le diría que
la piel del vientre de su madre estaba tensa, y que su hermana
acariciaba esa piel y pretendía
que sus palabras y sus besos llegaran al borde de los sueños
donde madre e hija se mezclaban.
No me atreví a rozarla y no pronuncié palabras.
El padre del padre de Olivia me descubre como es Olivia.
Y sé que todas esas maniobras entrañan gran amor.
Si yo pudiera hablar con Olivia, en primer lugar, le diría "te quiero".
Es lo que le digo a la vida en general y en particular,
a mis gatas sensibles, a mi hija, a mi mujer, a las semillas
que estuvieron presentes y germinaron en esta vida,
al proceso y el espectáculo de vivir.
Y después, sin duda, le pediría perdón por la responsabilidad
que asumo por el mundo en que Olivia va a crecer.
Cuando Olivia tenga veinte años es posible que el hermano
del padre de su padre ya no esté aquí, y que no pueda decirle
"te quiero" o pedirle perdón por esta herencia contaminada.
Si acaso algún día Olivia pudiera escuchar
le diría que el mundo sigue un camino inexorable, que el sol
parece el mismo cada día, que sus cambios son inapreciables,
y que ella sin embargo tiene un gran poder:
vivir más allá y por delante de su madre y de su padre y del padre
de su padre, y amar y sentir, y acariciar
la tensa piel de su vientre, si llega la ocasión,
y transmitir el mismo amor y las misma palabras
ante el mismo sol.
Por suerte no le faltarán estímulos ni ejemplos: la madre
del padre de Olivia y su gratificante compañía
y su querido corazón.
Y si pueden contener lo inhóspito del mundo venidero
pensar que en él habrá Jimenas y Cármenes y hasta héroes mitológicos.
E imaginar que, por su línea materna, tambien un ovillo de amor
posiblemente habrá tejido su primer vestido.
Y hasta es posible que su padre, sin más, cante para ella su primera canción,
y que Lana acaricie con su lengua las mejillas y la frente
donde se sonroja esta vida.
"Olivia tiene dos semanas y parece que vaya a hablar."
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