sábado, 6 de septiembre de 2014

David Bowie - Something in the air

Julia Stone - How long

EL DILEMA DEL LENGUAJE

     Imaginemos que usted no emplea habitualmente más que unos cientos de palabras, mientras que yo tengo como libro de cabecera un viejo y grueso diccionario cuyas tapas despegadas evidencian un prolongado estudio. Imaginemos que usted se vanagloria de haber leído un par de libros este año, mientras que yo me asfixio en mi dormitorio-biblioteca y en el incesante ir y venir de los volúmenes. Imaginemos que su cerebro no elabora ideas y el filtro de usted ante los estímulos soló permite el paso de vaguedades, mientras yo poseo varios cerebros saturados y tengo que guardar el exceso de mis ideas en cajas y cajones, en armarios y en paredes. Imaginemos que, como usted, hay muchos analfabetos críticos con todo aquello que no entienden ni alcanzan. Imaginemos que, por puro azar, yo debo escuchar cada día sus cien palabras repetidas, sus imitaciones dignas de la garganta de un loro inconsciente, sus insensateces esgrimidas como certezas. Imaginemos que usted no sabe qué mantiene a flote una isla, que usted confunde el fútbol con la divinidad porque gol se parece a god y el fútbol lo inventaron los ingleses, que usted siente ansiedad ante el otro sexo y aun incluso ante su mismo sexo porque nunca ha tenido el valor de experimentar y profundizar. Imaginemos que usted apuesta por el caballo ganador y nunca arriesga, que usted vota temerosamente a los conservadores. Imaginemos que usted es mezquino y egoísta, que usted vivirá para nada y que, tras su vida, nada aportará a nadie en particular, y mucho menos a la totalidad. Imaginemos que sus dedos son veloces y simples ante el teclado virtual y facilitador de un móvil, pero incapaces de sostener un lápiz, una pluma o un pincel, y trazar el más intuitivo garabato. Imaginemos que usted es un creyente nato o un crédulo impenitente. Imaginemos que usted y yo nos miramos a los ojos cada día, y que usted vuelve la vista a la derecha para construir sus mentiras, o a la izquierda porque cree ciegamente que su verdad es una verdad general, mientras yo mantengo la mirada fija en línea recta porque no creo en nada ni tengo dudas al respecto. Imaginemos que usted tiene una doble vida, que temprano en la mañana se disfraza con su bata blanca o verde, que por las noches frecuenta tugurios musicales, que cuenta como el avaro sus horas extras, que engaña a su sombra en una infeliz huida hacia delante. Usted y yo tenemos un problema. Un oscuro dilema con el lenguaje. Libros no leídos le dirán quién soy. Canciones no escuchadas serán la banda sonora de esta película al revés. Mil putas desconocidas y perdidas le hablarán de mí. En el fondo de un río, entre piedras plateadas y peces de colores, sigue oxidándose mi navaja. No le pido a usted que lo entienda, ningún comentario espero de la escritura. Duermen todos los cuadros imaginados en esbozos callados. Esa fuente inagotable de energía está por inventarse.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Chet Baker - Deep in a Dream

LA ARAÑA Y EL LANZALLAMAS

     Todos mentimos, el mundo entero miente, y yo me incluyo -como no podría ser de otra manera- en el plural y en la mentira. El mentiroso es un corredor que teme no llegar a la meta. Se miente en todas direcciones: hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo particular y lo general, hacia el interior y el exterior. Después de la primera mentira -lo sé por experiencia-, mentir se convierte en rutina. El instinto de supervivencia tiene algo que ver. Y los miedos no superados. Se puede dar una amistad, incluso un gran amor, desarrollarse y crecer en un nido de mentiras entrelazadas. Cuando la mentira funciona como verdad se vive para eso; pero a veces, cuando la mentira agota sus disfraces, la realidad se vuelve triste o, peor aún, pantanosa.

     Los fabricantes de armas, los vendedores de armas, los intermediarios, el ministro de comercio y el ministro de defensa, el presidente, el banquero, el rey, el aventurero y el cónsul, mienten.

     Los químicos y biólogos, los fabricantes de medicamentos, las farmacéuticas, los doctores, los investigadores y hasta los enfermos, mienten.

     Cualquier dios y cualquier intérprete de dios, cualquier profeta, sacerdote, mago, chamán, los creyentes, los ateos, los agnósticos, mienten.

     Los cultivadores, los técnicos, los jefes, los subalternos, los sicarios, los enlaces, los mayoristas, los minoristas y los consumidores, mienten.

     El político y sus lacayos, asesores, abogados, economistas, subdirectores, guardaespaldas, detractores y votantes, mienten.

     Entre los animales hay excepciones: no miente la araña cuando teje su tela (aunque miente el lanzallamas que la abrasa), no miente el felino (pero miente el simio), no miente la cebra ni el camaleón (por más que sus rayas y colores nos impidan verlos en su totalidad). En muchos años de convivencia, me atrevo a jurar que ninguno de mis gatos me ha mentido (y, no obstante, han soportado estoicamente mis mentiras).

     Las personas, los amigos y los amores -y hasta uno mismo- son otra cosa, árbol de otro bosque, orilla de otro río, nube de otro cielo, piedra de la misma cantera.

     Recuerdo al niño que fui saltando de mentira en mentira, de piedra en piedra, de un verano a otro verano. Y recuerdo sus nombres, sus palabras, sus traiciones, sus caricias y sus locuras. Sé que una de ellas, al no sentirse penetrada, se sintió vacía; que el ciclista buscaba acomodo en el sillín; que al mejor amigo lo transfiguró su cobardía; que yo me disfrazaba cada noche, los ojos pintados, la navaja en el bolsillo, los dientes intactos.

     Todos mentimos, unos con el altavoz del poder, otros con el silbato de la queja, unos más que otros dependiendo de las circunstancias. El más insignificante de los hombres y la más prescindible de las mujeres mienten, y viceversa. El que va a morir, miente; mientras un nido de mentiras entrelazadas aguarda al que va a nacer. Pobre idiota el que miente esta noche, el que sustenta su mentira con mentiras, el que vuelve la espalda, el obcecado de la razón y la injusticia.

     Chet Baker miente mientras interpreta Deep in a dream. Esta noche. Y lo demás no importa.

    

miércoles, 3 de septiembre de 2014

STANISLAV LEM

 

     "La conciencia evolutiva -entendiendo que la mente es el resultado de un montañismo homeostático en contra de la corriente de la entropía- abarca, en projimidad, el árbol evolutivo que dio origen  a los seres sensibles. Pero no es posible abarcar en projimidad todo el árbol evolutivo pues en última instancia un ser superior está obligado a alimentarse de los inferiores. La línea de projimidad tiene que trazarse en algún sitio. En la Tierra nadie ha puesto nunca esa línea por debajo de la bifurcación que separa a las plantas de los animales. Y en la práctica, en el mundo tecnológico, no se podrían incluir, por ejemplo, los insectos. Si nos enteráramos por alguna razón que intercambiar señales con el Cosmos exige la extinción de las hormigas de la Tierra, sin duda consideraríamos que su sacrificio vale la pena. Ahora bien, puede que nosotros en nuestro peldaño evolutivo seamos -para alguien- hormigas. Puede que el nivel de projimidad  no se extienda, desde el punto de vista de esos seres, hasta alimañas planetarias como nosotros. O quizá tengan una racionalización para esto. Quizá sepan que, de acuerdo con las estadísticas galácticas, el tipo de psicozoico terrestre está condenado al fracaso tecno-evolutivo, de modo que no sería tan horrendo incrementar la amenaza que pende sobre nosotros, pues, en cualquier caso, lo más probable es que no lleguemos a nada."

Stanislav Lem. "La voz de su amo". Edhasa. 1989. Págs.: 225-226.