miércoles, 4 de junio de 2014

DÍAS EN JAPÓN / FRANCISCO RUIZ


"Así camina el zorrro
por el bosque

así caen las agujas
de los pinos

así por la cuenca
de las ramas:
los crestoncillos cantan"


"A pesar de tanta
ruina:

vuela el cuco
la calandria
el ruiseñor
el pitirrojo
i hata con graznido en celo
el águila vuela"

"A veces suben
en sus rápidas escuadrillas acrobáticas
golondrinas y vencejos a la casa

sin aviso

sin programa

sin orden

por el gusto de acariciar
nuestra mirada"

"A veces nos sorprendemos
por el suceder de las cosas
pensando que son inéditas
originales
nunca dadas:
tanto por la excepción lujosa
como por la mísera excepción:
pero un segundo basta
para percibir como un destello
que nada cuanto a un hombre atañe
es algo que a otro hombre
antes durante o después
no haya atañido"

 

UTOPÍA

Un país donde los Bancos recibieran el dinero que les sobra a unas personas para cederlo a otras que lo necesitan. Esos Bancos sólo cobrarían intereses cuando las personas que han solicitado un crédito obtuvieran beneficios, un tanto por cien razonable que deberían compartir a la mitad con los inversores. Ante el problema de obtener garantías del deudor se necesitan sistemas de control. Igualmente, los que confiaron su dinero a los Bancos, quieren garantías.

Quizá un país donde imperase una limitación cronológica para los que pretendieran ocupar cargos políticos. Por ejemplo: los 40 años. Quizá los más jóvenes gobernaran con más esperanza.

Un país donde las nuevas tecnologías se aplicaran al procedimiento del sufragio universal instantáneo, para que siempre fuera la mayoría del pueblo quien aprobase las Leyes.

Un país sin ejército junto a muchos países sin ejército.

Un país donde el deporte nacional fuese el ajedrez. La estrategía social, económica y política en un programa informático. La huella completa de la mano para acceder a cualquier servicio mediante terminales lectoras que sólo pudieran descargar los datos referidos a cada servicio.

Un mundo donde prevalecen las Grandes Ciudades como centros de poder, constituyendo las ciudades satélite y la naturaleza y el tamaño de los países que las acogen nada más que las capas de las cebollas de nucleos irracionales.

Un país donde las ciudades se derramaran como ríos de agua por sus paisajes. Tentáculos entrelazados.



    

    

 

CONSPIRACIONES

El mundo esta lleno de conspiradores. Se ocultan en cualquier sitio. Y siempre aparecen cuando no se les llama.

Los conspiradores quieren cambiar el orden establecido, cambiar un rey por otro rey.

Las teorías de la conspiración son en estos días lo que fue El Caso de 1952 a 1997.

Los extraterrestres que se aproximan a La Tierra. Los que ya nos visitaron. Los que conviven con nosotros.

En los videos de you-tube hay para todos los gustos: Inteligencias Artificiales, Robots Sustitutorios, Asesinos Implacables, Clubs Elitistas, Armas De Nueva Generación. Etc.

En resumen: todo hace referencia a la misma cosa. La pornografía en manos de los sabios pornográficos estudia las reacciones de los conspiradores y las conspiradoras cuando son excitados y excitadas por las sabias pornográficas que controlan un mundo lleno de conspiardores.

Las sabias que excitan a conspiradores y conspiradoras tienen nombre, y edad, y fecha de desaparición.

No espero que nadie entienda por qué se conspira.

Las teorías de la conspiración me producen risa. Demonios los hubo siempre y fantasmas y engendros del más allá.

Mediante la pornografía se puede conspirar hasta el infinito. Este es el mensaje de los conspiradores.




martes, 3 de junio de 2014

Majk Spirit - Hviezdy

INSTRUCCIONES

En el mismo instante del tiempo, con independencia de las horas locales, en todas las televisiones, pantallas de ordenador y móviles de cualquier tipo, en todos los países del mundo, y hablando en el lenguaje propio de cada uno, apareció el mismo rostro con los ojos cerrados. Un segundo más tarde el personaje universal abrirá los ojos y pronunciará un discurso.

Mi nombre es Cero. Estoy aquí para cambiar el mundo. Para acabar con vuestro escepticismo, dentro de cinco días os haré sentir una muestra de mi poder. En el mismo instante del tiempo comenzará una larga noche en todo el planeta. Mientras dure este fenómeno no se verá el sol, ni la luna, ni las estrellas ni otros objetos luminosos en el cielo. A su término, me veréis de nuevo y os hablaré otra vez. La noche durará 7.200 minutos.

El propósito de Cero consistía en dar un número finito de instrucciones. Esas instrucciones se darían lentamente, sucesivamente y, de ser desobedecidas en su plazo, traerían consigo nuevas muestras del poder de Cero.

El rostro del personaje universal llamado Cero recordaba vagamente una mezcla de las facciones olímpicas, el color de los indios de dos continentes y los ojos de los orientales, con las mejillas y la frente manchadas de barro y cabellos trenzados en delicadas trenzas.

Espero que el mundo comprenda que estoy aquí para cambiar el mundo. Espero que todos reflexionen y se preparen para la primera instrucción. Eso ocurrirá cuando se cumplan los plazos de la reflexión y la noche. Y prepararse y reflexionar no consiste en reunirse políticos, militares, financieros, religiosos y científicos, para preguntarse qué soy y qué amenaza represento.

Cero dijo entonces que era invulnerable e indestructible según los conceptos de vulnerabilidad y destrucción de la raza humana.

Soy un alma pura. No tengo cuerpo. No estoy en ningún sitio, no ocupo ningún espacio, pero estoy en todas partes visible para vosotros.

Como era de prever los escépticos se preguntaron qué pirata informático había conseguido tal proeza. No reflexionaron ni se prepararon durante los cinco días anteriores a la noche. Pero al llegar la noche se preocuparon y empezaron a reflexionar y prepararse.

Fracasaron, como ya predijo Cero. Cuando el último segundo de la noche estaba por dar paso al primer segundo del día, ningún país con sus políticos, militares, financieros, religiosos y científicos había podido entender que era Cero y como defenderse o negociar con él.

La noche de 7.200 minutos había producido el efecto buscado.

La forma en que reflexionaron otros estamentos sociales es inenarrable.

lunes, 2 de junio de 2014

María Salgado - Romance de la reina Juana

SON ESPASES / 2

     Trabajo en un lugar muy ruidoso. Es difícil mantener la atención cuando se ha perdido un 50 % de capacidad auditiva, cuando sólo la oreja izquierda esta destapada mientras en la izquierda se oyen truenos lejanos. Estoy irritado e irritable, y me canso más de lo normal.
     Después de una semana, consigo que me atienda mi médica de cabecera, a la que veo por primera vez. Le explico los síntomas pero ella, mientras tanto, revisa mi expediente médico y únicamente sabe hablarme de mi diabetes teórica. Me remite a Urgencias de Son Espases.
     El autobús nº 29, desde la primera parada en la calle Manacor hasta el hospital, tarda 45 minutos en su trayecto (el centro de la ciudad y el puerto, el paseo marítimo, el castillo y el bosque, calles desconocidas, una ciudad extraña). Son las 12 del mediodía y la sala de esperas de Urgencias está llena de enfermos, hiopocondríacos y familiares.
     Encuentro un asiento vacío, entre dos grupos de señoras. Las de mi derecha hablan de un conocido, precisamente diabético, al que primero amputaron una pierna y luego la otra. Una especie de resorte defensivo hace que me levante con rapidez y busque otro asiento. La verdad es que no me encuentro muy bien. Para acudir a la cita con la nueva médica tuve que levantarme a las 9, contraviniendo mi rutina pues mi hora habitual son las 12, y habiendo dormido nada más que 5 horas. Apenas me mantengo en pie con una cafetera y ya he fumado medio paquete de cigarrillos.
     No sé cuántas horas tardarán en atenderme, estoy falto de sueño, mareado y al borde del desmayo. Al mismo tiempo me siento atrapado allí y pienso que si salgo a buscar algo para reponer las fuerzas podría perder mi turno y malogar el esfuerzo que me ha llevado hasta el hospital.
     Mi oído izquierdo sigue zumbando y yo intento relajarme mediante respiraciones profundas.
     Mis siguientes compañeros de asiento son dos mujeres que juegan con sus móviles en tanto acompañan a un hombre grueso con la piel de la cara muy roja al que tienen que operar en breve de no sé qué. Le dicen que, por si acaso, no coma ni beba nada en esos momentos.
     También siento la necesidad de abandonar a esas personas. Descubro una puerta que da al exterior y que permanece abierta, en el fondo de la sala. Puedo salir a fumar y tal vez oír si me llaman. Saco de una máquina un zumo de frutas. El líquido me cae bien. Me sueno los mocos. Entonces me llaman.
     Sigo una línea discontínua pintada de azul en el suelo hasta los boxes. Me atiende una mujer joven que, en primer lugar, me toma la tensión. "Tiene usted la tensión un poco alta" -dice. Normal -le contesto yo- si tenenos en cuenta que he dormido poco, he tomado por desayuno una cafetera equivalente a cuatro tazas de café, y estoy muy molesto con mi sordera. Me hace preguntas rutinarias, administrativas, la fecha de nacimiento, la dirección, el teléfono, y me envía de vuelta a la sala de espera.
     Me siento cerca de la puerta del fondo. Ya he leído el periódico y jugado varias partidas de ajedrez con mi móvil. Alguien a mi lado cuenta como murió X, que una mañana se sintió indispuesto y sufrió un ataque fulminante de corazón. Salgo otra vez a fumar. Una anciana se acerca hasta mí y me tiene la mano con una moneda de 50 céntimos. Me muestro sorprendido. Al principio ella no dice nada y yo tampoco. Pero resulta que esa moneda me fue devuelta al sacar el zumo de la máquina y yo la olvidé en el cajetín.
     Me vuelven a llamar. Sigo la línea verde. Ahora son dos mujeres las que se ocupan de mí tras una cortina. Estudian mis orejas con microluces y microlentes. Me hacen igualmente preguntas burocráticas, indagatorias. ¿Cuántos cigarrillos fumo a diario? ¿Operaciones importantes? ¿Alergias? ¿Alcohol? ¿Drogas? Me dicen que tengo el tímpano izquierdo desestructurado. Y otra vez me mandan a la sala de espera.
     Un joven en silla de ruedas, al que le falta una pierna, absorto con su móvil. Son las 14:00 horas y el cielo está gris.
     La tercera vez que me llaman es para hacerme una audiometría. Y en esta ocasión asciendo desde la planta -2 a la planta 0. También dos mujeres, que me introducen algo en los oídos, un sensor de metal al que van dotando de diferentes boquillas de goma. Una diminuta pantalla ante mí va trazando líneas verdes quebradas. Al parecer hay un problema con los pelos de mis orejas, los apartan con unas pinzas. El aparato no da los resultados que debiera. Me hacen entrar en una cabina hermética donde suenan leves pitidos que tengo que señalar mediante un micrófono.
     De ahí a una nueva sala de espera, hasta las 15:00 horas, cuando la ornitolaringóloga hace acto de presencia. También ella me pide que me siente en una camilla y escruta mis oídos. Y luego, poco habladora, se limita a escribir en su ordenador y darme algunas recetas de medicamentos. Me da una cita para dentro de 10 días.
     Otra línea de autobús, la nº 6, me deja en las Avenidas, cerca de mi casa, a las 16:00 horas. Como un plato preparado de pollo con boletus y hago una larga siesta. Esa noche inicio el tratamiento y, 2 días después, vuelvo a oír con casi absoluta normalidad.
     Al tercer día, escucho decir que el rey ha abdicado.