Mikey Welsh (Nueva York, 1971 - Chicago, 2011). Músico y pintor. Además de colaborar con otras bandas, durante un breve periodo fue bajista de Weezer. Problemas mentales y complicaciones con drogas hicieron que dejara la música para dedicarse a la pintura. Intentó suicidarse y estuvo en tratamiento psiquiátrico. Poco antes de morir escribió en Twitter: "Soñe que moría en Chicago el próximo fin de semana (de un ataque al corazón mientras dormía). Necesito escribir mi testamento hoy." 14 días después lo encontraron muerto en un hotel de Chicago. Las causas de su muerte no se hicieron públicas.
martes, 26 de noviembre de 2013
MIKEY WELSH
Mikey Welsh (Nueva York, 1971 - Chicago, 2011). Músico y pintor. Además de colaborar con otras bandas, durante un breve periodo fue bajista de Weezer. Problemas mentales y complicaciones con drogas hicieron que dejara la música para dedicarse a la pintura. Intentó suicidarse y estuvo en tratamiento psiquiátrico. Poco antes de morir escribió en Twitter: "Soñe que moría en Chicago el próximo fin de semana (de un ataque al corazón mientras dormía). Necesito escribir mi testamento hoy." 14 días después lo encontraron muerto en un hotel de Chicago. Las causas de su muerte no se hicieron públicas.
domingo, 24 de noviembre de 2013
viernes, 22 de noviembre de 2013
miércoles, 20 de noviembre de 2013
MUERTE DE UN GATO
Ayer entré en la tienda de un anticuario; quería saber el precio de una pareja de gatitos en miniatura que había visto en el escaparate. El hombre me atendió con mucha amabilidad, pero se demoró en decirme lo que costaban. Primero los sacó de la vitrina, los puso en mis manos y me preguntó si me gustaban. Y luego guardó silencio durante un par de minutos, supongo que esperando a que yo los examinara sin distracciones. Después me explicó que procedían de Francia, probablemente de principios del siglo pasado, y que estaban fabricados en biscuit -una mezcla de caolín, feldespato y cuarzo cocida a unos 900º C. Si deseaba comprarlos, me los podía dejar a 120 euros. Le dije que tenía que pensarlo, le dí las gracias y me dispuse a marcharme; pero en ese momento el anticuario quiso saber por qué me interesaban las miniaturas. Tengo una pequeña colección -le confesé. Y gatos de verdad, ¿también tiene? Desde luego que sí, tres gatas. Yo tuve uno. Bueno, en realidad era de mi mujer, un gato excepcional que vivió 21 años. Esa es mucha edad para un gato. Si, y aún podría haber vivido más de no ser por lo que pasó. Entonces me contó una historia donde la coincidencia jugaba un importante papel. Se casaron muy jóvenes en intentaron tener un hijo, pero no pudo ser. Alguien les regalo un gatito y su mujer compensó con él, en cierto modo, esa carencia. La relación del gato con el anticuario fue siempre respetuosa pero distante, sin embargo con la mujer todo era amor y mimos y juegos, una afinidad entrañable. Dos décadas más tarde ella quedó embarazada y tuvo gemelos, dos niños. Al volver del hospital, la mujer presentó los bebés al gato. Según el anticuario, éste se acercó con delicadeza a los niños, los olfateó y puso una pata sobre uno de ellos. Mi mujer le dijo al gato que no, que eso no podía hacerlo y lo apartó de los niños. El gato se retiró sin más y al día siguiente lo encontramos muerto. No tenía ninguna enfermedad y, aunque era viejo, gozaba de buena salud. Me enterneció la historia y le dije que los gatos son muy inteligentes y sensibles, y que quizá el suyo sintió ese día que su tiempo se acababa, que se fue para dar pasó a las nuevas vidas que llegaban a la casa, que sin duda había vivido tantos años para hacerles compañía, sobre todo a su mujer, mientras no tuvieron hijos, pero que en ese instante supo que ellos ya no estarían solos y que los bebés requerirían toda la tención. Nunca más hemos tenido un gato -me dijo con cierta tristeza-, y algunas veces, tanto mi mujer como yo, creemos verlo cruzar fugazmente por delante de alguna puerta, correr por los pasillos, perderse entre las sombras.
lunes, 18 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
HAIYAN
El tifón Haiyan a dejado a su paso por Filipinas miles de muertos, heridos y desaparecidos. Las cifras cambian día a día y según las fuentes de información. Se habla de unos 10 millones de damnificados y de unas pérdidas de 175 millones de euros. No parece mucho coste para tanto daño. A no ser que las vidas y propiedades allí valgan mucho menos de lo que uno pensaría que valen. Desde diferentes medios se reclama ayuda internacional urgente, al tiempo que se movilizan organizaciones humanitarias y efectivos militares (algunos cientos de soldados norteamericanos, al parecer, ya están sobre el terreno). Por todos lados, en nuestro país y en otros, se pide la colaboración ciudadana en forma de pequeños donativos. UNICEF, por ejemplo, dice que con 50 euros se podría facilitar agua potable a 343 niños durante una semana (sorprende la exactitud del cálculo). Ante cualquier desastre natural de cierta envergadura, parecería que solo las aportaciones individuales, sumadas, sirven para paliar el sufrimiento y los males causados, puesto que la aportación o el esfuerzo de los gobiernos y otras altas instituciones resulta claramente insuficiente, no preventivo e hipócrita por darse a posteriori. ¿Cómo no mostarse solidario en estos momentos? ¿Cómo no ingresar en cualquier cuenta habilitada aunque sólo sea el precio de un café, si con ello 7 niños podrán disponer de agua durante una semana?
Para la reflexión, señalar por último que un solo caza F-22 raptor (incluidos los gastos de investigación, producción y evaluación) vale seguramente más que todas las pérdidas económicas producidas por el Haiyan, y que un bombardero B-2 Spirit eleva su precio hasta los 2.200 millones de dólares; por no hablar del coste de la nueva misión espacial MAVEN a Marte.
viernes, 15 de noviembre de 2013
CALHETA
CALHETA
A trescientos metros sobre el nivel del mar,
recién llegada la medianoche,
una fina y brillante lluvia
cae sobre las cañas verticales
y sobre el agua negra de la piscina.
Cielo sin estrellas.
Puntos de luz en las montañas.
En el cristal, el vino blanco frío y dorado.
Niebla y humo alrededor.
Las arañas pasean lentamente
por la cubierta blanca del porche.
Una tela imperceptible tejieron con paciencia,
y con paciencia aguardan a su presa.
No tan lejos se adivina el inmenso Atlántico.
Y los numerosos e indistintos túneles
que imagino en sueños
horadados en tiempos inmemoriales
por gigantescos gusanos.
Pequeña tierra en mitad del océano.
Pequeña vida fascinada y perdida,
una vez más, en otra isla.
Salvador Alís.
A trescientos metros sobre el nivel del mar,
recién llegada la medianoche,
una fina y brillante lluvia
cae sobre las cañas verticales
y sobre el agua negra de la piscina.
Cielo sin estrellas.
Puntos de luz en las montañas.
En el cristal, el vino blanco frío y dorado.
Niebla y humo alrededor.
Las arañas pasean lentamente
por la cubierta blanca del porche.
Una tela imperceptible tejieron con paciencia,
y con paciencia aguardan a su presa.
No tan lejos se adivina el inmenso Atlántico.
Y los numerosos e indistintos túneles
que imagino en sueños
horadados en tiempos inmemoriales
por gigantescos gusanos.
Pequeña tierra en mitad del océano.
Pequeña vida fascinada y perdida,
una vez más, en otra isla.
Salvador Alís.
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